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Probamos el Rolls–Royce Ghost Series II: “el día en que fui Rudyard Kipling”

( @LM_Ortego ) el

“El coche nuevo va como un sueño y su suspensión es maravillosa. No creo que pueda sentarme en uno mejor”. Con estas palabras se refería en 1912 el novelista inglés Rudyard Kipling a su recién estrenado Rolls-Royce Silver Ghost, al que apodó “La Duquesa“. El Silver Ghost había sido calificado en 1908 por la prensa especializada como “el mejor coche del mundo” por unas cualidades para el viaje nada comunes en la época: silencio de funcionamiento, grandes prestaciones, facilidad de conducción y fiabilidad mecánica. Una excelencia mecánica con la que la marca se ganó una reputación legendaria que el propio Kipling, quien recorrió Europa con sus tres Silver Ghost, resumió en una frase: “Sólo puedo permitirme tener Rolls-Royce. Nunca se rompen”. En los 100 años que han trascurrido desde entonces la imagen de la marca se ha asociado más al lujo material que a la excelencia mecánica hasta el punto de casi hacer olvidar que, ante todo, un Rolls-Royce es un coche. Por eso cuando me ofrecieron la posibilidad de probar el Ghost Series II no pensé en pasearlo por las calles más caras de Madrid, ni fotografiarlo frente a tiendas de marcas de lujo. Pensé en averiguar cuánto quedaba en el actual Ghost de las virtudes de su antepasado el Silver Ghost y si el rendimiento, el confort de viaje y la innovación mecánica que convirtieron a los Rolls en leyenda siguen escondidos entre catálogos de refinados cueros o exóticas maderas. Este es el relato de un día en el que, por unas horas, emulé los viajes continentales de los años 20 cuando las autovías no existían y un coche era mucho más que un sinónimo de estatus. Un día en el que, con una “Duquesa” del siglo XXI, fui Rudyard Kipling.

Dibujando en el espacio: el nuevo Ghost Series II

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Viajar con un Rolls y hacerlo desde el asiento del conductor iba a requerir un ejercicio mental nada sencillo: dejar de verlo como un icono para verlo como un coche. Hacía apenas un mes que había examinado la gama de Rolls-Royce en el Salón de Paris y sabía que su tamaño no me lo pondría fácil. Sin embargo al llegar a la puerta del hotel donde estábamos citados el Ghost Series II Azul Mazarino que me esperaba parecía muy distinto de lo que había visto en Paris. Teniéndolo delante y rodeado de Mercedes Clase S, enseguida entendí que al hablar de un Rolls no importan tanto las medidas (5’4 metros de largo, casi 2 de ancho) como algo mucho más sutil: las proporciones. Giles Taylor, el diseñador jefe de la marca, ha dotado a esta revisión del Ghost con las dosis justas de tensión visual para que este monumental bloque metálico se perciba como una escultura dinámica diseñada para moverse. El alargado morro que esconde el enorme V12 precede a un habitáculo con una línea de techo baja y tendida que recuerda al de una veloz embarcación, y que fluye hacia un tercio final sutil y clásico pero poderoso. Si un Rolls está en lo más alto de la “pirámide” de la automoción de cualquier época, este Ghost Series II representa de forma ejemplar la principal tendencia del diseño de coches en la última década y media: la reinterpretación de rasgos de diseño antiguos en coches actuales. En este Ghost se “leen” herencias de los Silver Cloud, Silver Shadow o Camargue, pero con una cualidad inesperada: cuanto más se mira más moderno parece…

El sonido del reloj

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Al abrir la enorme puerta se descubre que detrás de ese aspecto monumental está el tesoro que todo Rolls-Royce custodia: un inmenso refugio del mundo que lo rodea. La revista Autocar, en su prueba del Silver Ghost en 1907 afirmaba “a cualquier velocidad que se conduzca, en el coche no se oye un ruido mayor que el de un reloj de cuerda”. Casi 110 años después los coches que circulan por la calle son más silenciosos y están mejor insonorizados que nunca así que me pregunto cómo podrá destacar el Ghost en esto. Cuando se cierra la puerta un leve siseo del mecanismo que ajusta la cerradura parece vaciar el coche de sonidos del exterior y descubre la primera virtud de este Ghost: un aislamiento sonoro que muchos quisiéramos para nuestros pisos, y que se hace aún más impactante por la sensación de espacio que transmite la gran superficie acristalada y la tapicería Seashell de esta unidad. Dedico un momento a encontrar la postura correcta al volante en los cómodos asientos (ventilados y con masaje), hasta que estoy listo. Echo una mirada alrededor, respiro hondo y pulso el botón del salpicadero que da vida al motor. Me preguntaba como sonaría el V12 6’6 litros biturbo que mueve a este enorme Rolls… pero desde el interior del coche el zumbido eléctrico que ajusta el volante es suficiente para enmascarar al del propulsor, y sus vibraciones son inexistentes… como si no hubiese motor. Al acariciar el acelerador por fin llega un lejano y ronco sonido que nos confirma que, efectivamente, el V12 ha despertado y está dispuesto a llevarnos a nuestro viaje en el tiempo… Ponemos la fina palanca del cambio en D y comenzamos a movernos por Madrid tan silenciosos como un fantasma.

Escuela de conductores

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En los veranos de 1910 y 1911 Rudyard Kipling viajó a Francia para tomar baños. Lo hizo en un Silver Ghost cedido por Rolls–Royce por mediación de Lord Montagu, el hombre que encargó para su Rolls particular la estatuilla que hoy es icono de la marca, el “Espíritu del éxtasis”. El coche llevaba su propio chófer, Fleck, el mejor conductor de la marca, y es que pese a su facilidad de funcionamiento, ser chófer en la época era un asunto tan serio que Rolls–Royce tuvo durante décadas su propia “Escuela de conductores”. Mientras me lanzo al tráfico del Paseo de la Castellana me pregunto si mis conocimientos serán bastantes para conducir este coche, pero andados unos pocos kilómetros veo que en los 100 años desde las correrías de Kipling y Fleck por Francia todo ha cambiado: hoy el mejor chófer es el coche.

Es difícil decir lo primero que fascina de la conducción del Ghost porque este coche inunda los sentidos no a base de emociones fuertes, sino de oleadas de sutilidad, finura y delicadeza. En los primeros giros callejeando recuerdo las palabras de Marc Mielau en el Salón de París “Un Rolls se conduce con tres dedos”. No hay una frase mejor para definir la suavidad con la que opera la dirección del coche a baja velocidad, sobre todo teniendo en cuenta las enormes ruedas con llantas de 21 pulgadas de Bespoke sobre las que nos movemos. En autovía el Ghost es un salón rodante, pero un salón del siglo XXI, repleto de tecnología. El control de crucero adaptativo, la asistencia de salida de carril, la enorme potencia del motor y el filtrado absurdamente suave de la suspensión hacen que más que viajar por la autovía sea el paisaje el que se mueve mientras uno permanece parado. El silencio de marcha es absoluto y recuerdo haber leído que a quienes probaban el Silver Ghost hace 100 años les costaba distinguir si el motor estaba encendido o apagado. En este Ghost el único indicativo de que hay un motor funcionando es la esfera de reserva de potencia en la parte izquierda del cuadro de instrumentos en la que una aguja desciende desde el 100% en función de lo que pisemos el acelerador… estoy ya saliendo de la ciudad por la A6 y aún no he llegado a emplear más de un 10%. Pero quedaron atras los tiempos en los que Rolls declaraba que la potencia de sus coches era “suficiente”, y hay dos cifras que parpadean en mi mente: 568 CV y 780 Nm. A la minima ocasion de anticiparse a una bifurcación o dejar atrás a un vehículo pesado provoco al V12 con el acelerador y un rugido tenso y metálico surge del coche mientras sentimos en la espalda un empuje implacable como si cayésemos al vacío, pero hacia delante. Puede que no sea un deportivo Bentley pero este Rolls es un coche rapidísimo y su aplomo sobre el asfalto hacen adivinar cruceros que, al menos en esta ocasion, no podré explorar si no quiero que este imaginario viaje acabe en un calabozo.

En busca de una botella de Champagne

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Pero Kipling y sus Silver Ghost nunca viajaron por una autovía. Abandono la A6 y comienzo a deslizarme por carreteras secundarias camino del puerto de Morcuera, disfrutando de una calidad de rodadura incomparable con nada en lo que haya montado antes y manteniendo un confort de conducción que hace desear, como en el poema de Kavafis, que el viaje sea largo. Y es ahí, donde uno no se lo espera, en carreteras secundarias por las que viajar sin rumbo en busca de inspiracion y descubrimientos, donde el Ghost comienza a destapar sus mejores trucos y a conquistarme en cada curva y cada cruce.

Para demostrar la elasticidad de su motor, el gerente Claude Johnson hizo que en 1911 un Silver Ghost fuese desde Londres hasta Edimburgo en la marcha más alta (tercera) sin cambiar ni una sola vez. El Ghost Series II de 2014 se mueve con una caja automática ZF de 8 marchas y su funcionamiento, como todo en el coche, tiene una suavidad poco común. Empujando cuesta arriba los 2500 kg del coche en la salida de las curvas más lentas del puerto, los cambios apenas se aprecian, y el sonido del motor llega al habitáculo como un rumor lejano… pero la “magia” no está solo en el aislamiento. “El cambio automático guiado por satélite es algo que Henry Royce habría inventado”, me decía Marc Mielau en Paris. Se refería a la caja automática gestionada por GPS que se presentó con el Wraith en 2013, un mecanismo que, via satélite, anticipa los cambios de marcha en función de lo que nos espera delante en la carretera. El Ghost II incorpora esta caja de serie en su actualización, y el resultado es una suavidad de marcha difícil de contar con palabras. En mi conducción suave, la que permite un coche de este tamaño en un puerto como el Morcuera y en tráfico abierto, al cabo de unos cuantos kilómetros simplemente llego a olvidar que existe un cambio de marchas. Al llegar a las curvas las reducciones son casi imperceptibles, y a pesar del tonelaje el coche gira con suavidad manteniendo la inercia, rueda dentro del viraje con una agilidad inesperada y al acelerar la aguja del velocímetro sube sin que se noten las inserciones con el motor ronroneando a lo lejos.

En “The bull that thought”, Kipling cuenta cómo en 1920 cerca de Lyon él y su chófer apostaron con un bodeguero francés que el Silver Ghost superaría los 90 km/h en una larga recta de la carretera. El Rolls tronó durante más de 3 kilómetros por encima de esa cifra y el señor Voiron descorchó una botella de su mejor Champagne para Kipling y su chófer de aquel momento, Mr. Legatt. Es sencillamente insensato buscar los límites de velocidad de este Ghost en carretera abierta, pero en lo que es posible medir el empuje del motor es apabullante. Al hundir el pie en el acelerador el motor despierta revolucionándose con un agudo rugido que, entonces sí, se hace muy presente en el habitáculo. El morro se eleva levemente y con el “Espíritu del éxtasis” apuntando hacia el cielo el coche parece haber roto las leyes de la gravedad y se catapulta hacia delante de forma inesperada en una limusina de este volumen. Como si en ese momento el Rolls se hubiese transformado en otro coche, quizá en uno de sus deportivos hermanos (y hoy rivales) Bentley. En la bajada del Morcuera hacia Rascafría, el coche se deja colocar con una agilidad inesperada siempre que se respeten sus inercias y su tamaño, y disfruto dibujando las curvas desconocidas como si lo hiciese con un coche mucho más pequeño y ligero. Pero rodamos sobre dos toneladas y media de ingenieria y eso se traduce en que el freno es el mando que mas firmeza requiere al conducir este coche, y eso lleva a optar por un ritmo mas lento y señorial, como haría Mr. Legatt, para no agitar a los preciados pasajeros del asiento trasero. Descendiendo hacia Rascafría una conclusión se hace evidente como las luces del pueblo en el anochecer: este coche es, además de un sinónimo de estatus, una perfecta máquina con la que hacer largos viajes por cualquier tipo de carretera.

Fantasmas de la noche

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El adinerado dueño de un Rolls-Royce tiene una avería en uno de sus viajes y tras llamar al fabricante es asistido por dos mecánicos que, enviados a toda velocidad desde el distribuidor más cercano, reparan su coche para que continúe viaje. Pasado un tiempo el noble pregunta a su chófer por la factura, y este llama a la fábrica de Rolls: “Su coche nunca se ha estropeado”, le contestan lacónicamente. La más famosa historia apócrifa de la historia de Rolls está inspirada en algo que le sucedió a Kipling en un viaje por el sur de Francia, cuando uno de los palieres de su Ghost fue dañado por una piedra de gran tamaño. El novelista se alojó para la noche en un hotel desde el que llamó al distribuidor, y a la mañana siguiente, sin haber tenido noticias de los técnicos, se quejó de que nadie hubiese dado respuesta aún “Señor Kipling, los mecánicos llegaron de madrugada y repararon su coche, pero no le informaron para no despertarle en plena noche”, le explicó el recepcionista.

Cinco horas no dan para hablar de la fiabilidad de este Ghost, pero el ascenso nocturno de la cara este de Navacerrada sí que permite hablar de la iluminación. Y es que el Ghost, más que iluminar parece estar en el centro de un escenario manejado por su propio técnico de luces. Al pulsar el mando de apertura de las puertas no sólo se ilumina el interior del coche como un caro escaparate, sino que unas luces led alumbran el tirador de la puerta. Dentro del coche la ambientación luminosa lo convierte en un espacio cálido y acogedor. Un sensor de movimiento activa una luz cuando metemos la mano en el hueco de la puerta donde se guardan los mapas, y el tirador interior de la puerta siempre está iluminado con una ténue luz difusa. Por delante y en el exterior, el “Espíritu del éxtasis” se recorta siempre contra un blanco haz que ilumina los pinos de la sierra de Madrid. Conversando sin elevar la voz, el coche se desliza por la estrecha y sinuosa carretera como un fantasma, dejando una estela de luz. Abajo espera la ciudad y también el momento de devolver el coche.

Hasta hoy miraba a los Rolls-Royce como un icono de la cultura popular, como un sinónimo de lujo tan asociado a la nobleza o a las estrellas de la música o el deporte. Hoy, mientras viajaba como Kipling con este Ghost Series II he entendido que detrás de la imagen de lujo y ostentación asociada a la marca, que me queda muy lejana, sigue habiendo un afan por crear coches técnicamente perfectos, y eso me resulta más cercano. Asi que deseo que el Puerto de Navacerrada tenga 10 kilómetros más, ó 100, ó 1000, y que esta noche no acabe nunca, y encontrarle al Ghost algún defecto para poder seguir viajando en busca de la perfección.

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Forografías por Juan María Garcia