Aviones, trenes y barcos conducen solos, ¿por qué es tan difícil que lo haga un coche?

Esteban Viso

En el mundo del transporte, de la tecnología y de la automoción existen ciertos mitos que se transmiten de boca a oreja y que terminan siendo aceptados como verdades absolutas. En realidad, pocos mitos son una realidad, y en el caso que nos ocupa, se suele decir que los aviones, trenes y barcos ya conducen solos, así que, ¿por qué tanta dificultad para conseguir lo mismo con coches? La realidad es que los otros vehículos no conducen solos, estrictamente hablando.

El piloto automático no hace volar el avión, son los pilotos los que vuelan a través de la automatización

En el caso del avión, el más famoso quizás, se suele decir que en pocos años los pilotos humanos no serán necesarios, y que de hecho ahora mismo tan solo figuran en la cabina como respaldo de seguridad para el caso de que el piloto automático falle. La realidad es bien diferente, y los pilotos humanos siguen trabajando constantemente durante el vuelo. El piloto automático no puede efectuar un despegue, maniobrar por la pista de aterrizaje o incluso aterrizar (aunque ya se empiezan a ver sistemas de aterrizaje automatizados).

Una analogía bastante acertada del piloto automático de los aviones es que es una especie de control de crucero adaptativo combinado con el sistema de navegación. El piloto, antes del despegue, introduce los datos de la ruta como los puntos inicial y final, altitudes intermedias, velocidad y coordenadas en ciertos puntos del recorrido (waypoints). Tras hacer esto, el piloto despega el avión y al alcanzar una altitud determinada conecta el piloto automático, que “toma los mandos”, permitiendo a los tripulantes de cabina realizar diversos trabajos y sobre todo estar atentos en todo momento para el caso de que haya que retomar el control manual.

En el caso del tren, sobre todo si hablamos de trenes metropolitanos (metro, por ejemplo), existe un modo de conducción llamado ATO (Automatic Train Operation) que es capaz de operar el tren sin intervención humana. Este no es un sistema de seguridad, así que siempre ha de estar vigilado por otros sistemas, y en última instancia por un operador humano. El conductor del metro, por ejemplo, abre y cierra las puertas, da orden de salida al ATO, y en caso de problemas ha de tomar el control.

La conducción autónoma es tanto más sencilla cuanto menos grados de libertad tenemos

Aquí sí que podemos hablar de que el tren conduce solo, pero debemos entender el contexto: los trayectos del tren son sobre raíles, y se reducen a un conjunto de balizas y señales muy claras, se pueden establecer las curvas de aceleración en cada punto, velocidades máximas, etc. antes de salir. Los grados de libertad de un trayecto en metro son limitadísimos, y casi no existen posibilidades de imprevistos.

Los barcos, sobre todo si hablamos de mercantes, disponen de un “Auto-Pilot”, un sistema muy avanzado de navegación que puede mantener el rumbo sin intervención humana y que data de 1920 (en sus primeras versiones). funciona de manera similar, salvando las distancias, al piloto automático del avión en el sentido de la definición de la ruta, y el sistema efectúa las correcciones necesarias en tránsito, pero no se puede utilizar para maniobras de atraque, o en aguas restringidas, o en casos de elevado tráfico marítimo. En el resto de casos, la navegación es bastante sencilla en cuanto al número de imprevistos, la complejidad de la ruta y demás. Por otro lado, siempre está el factor humano encargado de tomar los mandos cuando las cosas se tuercen, y siempre debe estar alerta.

La complejidad de cualquier desplazamiento en coche supera con creces las dificultades e imprevistos que se pueden encontrar en vuelo, en tren o por el océano: no solo hay más tráfico, sino que las posibles trayectorias son virtualmente infinitas. La conducción 100% autónoma que es viable en los trenes metropolitanos, y casi en los barcos mercantes o , en menor medida, en el avión, es tremendamente compleja de resolver en el caso de un vehículo de cuatro ruedas que convive con otros tantos miles en recorridos de distancia variable, con centenares de cosas que podrían salir mal en el trayecto. De ahí que, a diferencia de otros sistemas de transporte, todavía no se haya encontrado la solución perfecta para los coches.