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Motos

10 MIN

¿Cuál es tu primera vez en una moto? La mía es esta, entre lágrimas

Óscar García | 2 Oct 2021
Piu Potenti
Piu Potenti

Mientras escribía sobre una ruta en coche clásico que tengo que hacer centrándome en lugares donde se rodaron películas en Madrid, me vino a la memoria el primer recuerdo que tuve con una moto. En realidad, tengo cuatro recuerdos imborrables que te quiero contar y que si lo deseas en comentarios, también puedes dejar tu primera experiencia con una moto. ¿Por qué te pueden interesar estos recuerdos? Porque seguro, que te hará recordar también los tuyos.

Cada persona empieza en esto de las motos cuando puede, para muchos, nos es inducido desde pequeños por nuestros padres. Cuando eso pasa, si termina por gustarte, conviertes las dos ruedas en una afición alucinante, en una forma de vivir. Tengo muchos recuerdos, pero recuerdo principalmente cuatro, que te contaré cronológicamente.

La primera vez que monté en una moto

No fue la experiencia más agradable, fue como la primera vez que haces el amor. Recuerdo con admiración, cuando tenía 4  años una imagen imborrable. Dos Cagiva WMX 250 blancas con el elefante en verde. Eran de mi padre y de un amigo de él. Llenas de barro, me impresionaban por sus tacos, su figura, su sonido al pegar la patada a la palanca de arranque. También me gustaba mucho el equipo que llevaban, recuerdo que el casco, que luego me lo quedé yo era de la marca Nava. La chaqueta recuerdo que también era blanca, marca Garibaldi y unos pantalones también blancos, creo que Dainese, porque las letras estaban grande, de plástico con relieve, en rojo.

Siempre que mi padre estaba con la moto, yo estaba a su lado, solo no compartíamos "la moto" cuando había carreras de GP, que a veces como mi hermana y yo dábamos mucho la tabarra, se marchaba a verlas con unos amigos. Recuerdo que estaba con el carburador, supongo que limpiándolo. Cuando terminó de montarlo me dijo, Óscar ¿Damos una vuelta?. El sonido y la altura de la Cagiva me daba miedo, pero accedí. Recuerdo como si fuera ayer, que en sus explicaciones sobre todo me quedé con dos cosas que me daban miedo. Las motos de cross, no llevan estriberas detrás, así que tenía que evitar meter la pierna en la rueda trasera, tenía que llevarlas abiertas porque no llegaba con los pies al basculante. Otra cosa que se me quedó en la cabeza, fue el agarrarme fuerte. A cada acelerón, recuerdo que me iba para atrás. Lo primero que me sorprendió fue la potencia bestial que tenía esa moto, el sonido endiablado y cabreado, me agarraba como si fuera a caer a un abismo y durante uno de los caballitos, creí que me perdía por algún agujero al infierno.

Al terminar, me bajé llorando. Me asusté mucho, mi madre (ya sabéis como son las madres) me abrazó, no recuerdo si hubo bronca, pero me asusté mucho. Quizá no fue la mejor forma de adentrarse en el mundo de la moto, pero no me amilanó.

Por los caminos con un Piaggio Typhoon.

Recuerdo que aún no tenía carnet pero ya sabía montar en moto. Aprendí con una Kawa Kx de 80 cuando tenía 7 años y en esta época tendría 9 o 10 años. Tenía por aquel entonces una Yamaha DT 80, con cilindro de 100 y algo preparadilla. Sobre todo hacía caminos, mi padre llevaba no recuerdo si una Africa Twin o una Gilera Cobra y Vicente, el amigo de la otra Cagiva, creo que una XT.

Precisamente Vicente me dejó un Piaggio Typhon, también con un cilindro más grande que el de serie. Me encantó la sensación que daba aquella Piaggio y me la llevaba por los caminos a todo trapo, no había que cambiar, no había que hacer nada más que arrancar, acelerar y frenar. En uno de esos caminos, mi padre venía de frente y nos vimos. Me puse en el lado de su ventana, se bajó del coche, creo recordar que de un Lancia Delta Rojo y me soltó una galleta, la única (creo recordar) que me ha propinado. Su enfado fue feroz, el motivo, es que iba sin casco con la Piaggio Typhoon.

Esa riña fuerte, me hizo respetar hasta el día de hoy el valor del equipo. Hoy cojo mi scooter para recorrer 4 kilómetros desde mi casa al trabajo y siempre casco (por su puesto) y guantes. No sé además si la cogí sin permiso, porque recuerdo el miedo de ver a mi padre. Pero lo que recuerdo, es que la bronca fue por ir sin casco por el camino.

La primera moto de Enduro

He podido disfrutar de varias, pero aún recuerdo la primera. Javier, con su tienda (hablo de memoria) CMC en la calle Bailén, que ahora trabaja o trabajaba en Secomoto (en la tienda de Rivas, no en la que tenían en Atocha), fue el lugar donde tendría mi primera moto seria. Tenía 16 años, se trataba de una Husqvarna WR 250, azul y amarilla, preciosa.

Que sonido, que bonita, qué patada tenía. Lo cierto es que me costó mucho adaptarme a esa moto. No solo porque me había saltado la categoría de 125, sino porque su motor tenía pocos bajos y los bajos para gente que está empezando son primordiales. Reconozco que años adelante, cuando era capaz de ir rápido en moto y tenía más experiencia, esa moto hubiera sido la moto aunque el escape, era demasiado largo y los desarrollos también. Se ponía a 170 km/hora, innecesario en la moto de campo a no ser que hagas raids. En una de las primeras carreras amateur con esa moto, remontando y con el frenenesí de cosechar un buen resultado en el Carpio de Tajo, iba a fondo en una recta y en algún bache salí despedido y me caí por un barranco. No me pasó nada grave, unos rasguños, un cabestrillo, una aventura que contar en las discotecas a alguna churri.

Más adelante pasé a KTM, no porque fueran mejores, aunque a mí me gustaron más, sino sobre todo porque su servicio postventa era mejor. Para una pieza de la Husky tenía que esperar demasiado, para la de una KTM no. La última Husky que tuve fué la WR 450 roja y negra, aún de Cagiva, con la que corrí resistencias y cross country, pedazo de motor que tenía esa moto.

El día que vi a Angel Nieto, Laverda y Agostini en el Jarama.

En un Jarama Vintage Festival, yo ya coqueteaba con lo clásico. No me acuerdo si aún seguía corriendo el Nacional de Enduro, creo que sí. Me acababa de comprar una preciosa Lambretta 200 sx para ir a la universidad con el dinero de vender una Vespa 250 GTS, tendría 22 años o así, no había terminado la Universidad.

Llevaba unas wayfarer que tuve que ponerme. Al arrancar la Laverda su 6 cilindros, acelerar el dos tiempos, el ver allí esos viejos rockeros llenos de historia y títulos mundiales, se me vidriaron los ojos. Era emoción, pero como nadie lloraba, me puse las gafas. Cada acelerón en vacío, provocaba un sollozo en mí. Que sensación, que espectáculo. Me dio mucha impresión,

Casi tanta como la primera vez que fui a ver al Jarama una carrera de Gran Premio cuando Doohan corría en 500. El día que pude ver mi primera carrera de Gran Premio en el Jarama, montamos en un Lancia Beta, recogimos a Vicente y a un empleado de mi padre, Joaquín se llamaba. Me acuerdo del nombre porque cuando mi padre le quiso despedir, lloré porque me daba mucha pena, no le echó, aunque duró dos meses más. Joaquín era un buen tipo, le gustaban las motos y hablaba mucho con él de cosas relacionadas con el mundo del motor. No sé que tiene este mundillo, ¿ será sobre todo su sonido?, ese que nos quieren quitar con las nuevas tecnologías. Me quitan la palabra de la obra de arte. Para mi es como si la Gioconda pudiera hablar desde su marco y nadie la quisiera escuchar. ¿ Nos tendremos que imaginar el sonido como si viéramos el Grito de Munch?.

Este hecho y otros, hizo que me quedara anclado en lo clásico. Que en cierto sentido tenga la responsabilidad de promover y proteger.

La conclusión del conejo

Te parecerá una gilipollez esto que te voy a contar ahora y me viene también al recuerdo. Hace unos meses rescaté un conejo en una ruta en clásico, en Navas del Rey (Madrid), le salvé de las zarpas de un gato. Un gazapo, pequeño e indefenso. Mi mujer estaba mosca, así que lo llevé por la noche al veterinario. ¿Sabéis que lo tienes que llevar a un veterinario de animales exóticos?. Le vieron, todo bien, le compré comida y 100 euros menos en mi cuenta.

Mi idea era quedármelo, pero como vi que no sería feliz en casa lo llevé a los dos días a una protectora de animales. Lo dejé allí medio llorando, llamaba todos los días para ver que tal estaba. Me dio fuerte con el gazapo. Ahora es feliz seguro.

El tema de este relato de mis 4 momentos claves en el mundo del motociclismo, que parecen  mas bien una adaptación de Dr Zivagho, que de un artículo de motos con sonido, derrapes, monos de cuero y curvas fraticídas, es el siguiente. Para mi el motor es arte, y como aquel gazapo que rescaté merece que intente protegerlo, dentro de mis posibilidades. Mas ahora, que la verdadera cultura del motor se va por un retrete.

Además es arte y vida en extinción, una parcela del motor que parece ya no importar, como aquel gazapo. Motores de dos tiempos, esos coches clásicos, esas motos que sacan una sonrisa.. Con el gazapo, la desazón me llenaba porque tenía la sensación de que por ser solo un conejo, que hay dos millones en cada metro cuadrado, no se le daba importancia. Su vida o bienestar parecían dar igual. De hecho, hay planes para exterminar plagas de conejos. Es un animal que sobra en los campos, sobre todo cultivos. Me daba tristeza que por el mero hecho de no ser importante, se olvidara su bienestar.

Entonces te pones a reflexionar y unir momentos de tu vida.¿ Os acordáis del momento antes de subirme a la Cagiva? Antes de pasar miedo en una moto, yo venía de dejar una escalera, que me servía para subir a las redes que protegían las higueras y rompiendo la red, liberaba a los pájaros que aun estaban vivos. Pero ¿ qué tiene que ver esta adaptación de Bambi con las dos y cuatro ruedas?

En estos momentos el motor en su máxima expresión, en su forma más auténtica muere y está desprotegido. Ni las propias marcas quieren mantener esa época gloriosa, no quieren saber nada del dos tiempos, del cambio manual, de motores de 10 cilindros. No quieren saber nada, de la época que ha apasionado a millones de feligreses, que tienen el motor(de combustión) como religión. Las marcas están a otra cosa, que me gusta menos. Que carece de autenticidad, que tiene un diseño sin alma, arte itinerante, algo que pretende también emocionar pero nos pide apear nuestros sentidos. Últimamente te he escrito sobre la Derbi Antorcha, sobre la Bultaco Gold Medal, me he ido al Stelvio en 127, he escrito sobre el Vespino y no lo hago por dinero. Cree que no. Lo hago porque me encanta, lo hago porque dentro de mis pequeñas posibilidades mantengo viva la esencia que a mí y seguramente a tí nos  emociona. No solo emociona, ha sido parte de nuestra vida. Y ahora mismo todo eso, es un gazapo gris sin importancia en el mundo actual. No tiene futuro para la industria. Lo que pueda, lo salvaré. Espero que muchos de vosotros lo entendáis. Espero que muchos de vosotros, queráis también proteger vuestros recuerdos y sentimientos.

Uves y ráfagas.

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