Mientras muchas ciudades europeas endurecen las restricciones al tráfico y expulsan progresivamente a los diésel más antiguos de sus calles, hay gigantes flotantes que operan con una libertad mucho mayor. Son los cruceros turísticos, auténticas ciudades sobre el mar capaces de mover a miles de pasajeros y que, sin embargo, funcionan con motores y combustibles que pertenecen a otra escala industrial.
Un crucero moderno de gran tamaño puede superar fácilmente los 100.000 CV de potencia total. Para hacerse una idea, equivale aproximadamente a la potencia combinada de unos 900 coches de 110 CV funcionando al mismo tiempo. Esa potencia es necesaria para mover buques de más de 300 metros de eslora, con más de 6.000 pasajeros a bordo y todos los sistemas de un hotel flotante funcionando de forma continua.
Pero la cifra que realmente llama la atención no es solo la potencia, sino el combustible que necesitan para operar. Dependiendo del tamaño del barco y de la velocidad de crucero, un gran buque turístico puede consumir entre 150 y 250 toneladas de combustible al día. En términos prácticos, eso significa hasta 250.000 litros diarios.
En una travesía de una semana, algo habitual en el sector de los cruceros turísticos, el consumo total puede superar el millón de litros de combustible. Es una cifra gigantesca si se compara con un automóvil convencional: equivale aproximadamente al combustible que gastarían más de 15.000 coches recorriendo 1.000 kilómetros.
El combustible más sucio del petróleo
- Los cruceros utilizan fueloil pesado, un residuo del refinado del petróleo.
- Puede contener miles de veces más azufre que el diésel de automoción.
La clave del impacto ambiental de estos barcos no es solo cuánto consumen, sino qué combustible utilizan. Durante décadas, gran parte de la flota marítima mundial ha funcionado con fueloil pesado, también conocido como bunker fuel. Se trata del residuo que queda al final del proceso de refinado del petróleo, una sustancia muy densa y barata, pero también extremadamente contaminante.
Este combustible puede contener hasta un 3,5% de azufre. Para comparar, el diésel que utilizan los coches en Europa tiene un límite máximo de 10 partes por millón. En otras palabras, el combustible marítimo puede tener miles de veces más azufre que el diésel de automoción.
Cuando se quema en los motores de los barcos, ese azufre se transforma en óxidos de azufre (SOx), uno de los contaminantes más problemáticos para la calidad del aire y la salud. Estos compuestos irritan las vías respiratorias y pueden agravar enfermedades como el asma, pero además reaccionan en la atmósfera formando partículas microscópicas que penetran en los pulmones y se asocian con problemas cardiovasculares.
También son uno de los responsables de la llamada lluvia ácida, capaz de dañar ecosistemas, cultivos y edificios. Por eso la normativa europea ha reducido casi por completo el azufre en el diésel de automoción, mientras que durante años el combustible marítimo ha mantenido concentraciones miles de veces más altas.
Los coches al lado de los cruceros son insignificantes
- Un solo crucero puede emitir tanto óxido de azufre como millones de coches.
- En Europa, decenas de cruceros generan más SOx que cientos de millones de automóviles.
Los informes ambientales sobre transporte marítimo han puesto cifras muy claras a este fenómeno. Algunas estimaciones señalan que 47 cruceros que operan en Europa pueden emitir más óxidos de azufre que 260 millones de coches. Es una comparación extrema, pero refleja hasta qué punto la composición del combustible cambia completamente la escala de las emisiones.
Otro ejemplo muy citado es el de la compañía Carnival Corporation, el mayor operador de cruceros del mundo. En determinados análisis ambientales se estimó que sus barcos emitían diez veces más óxidos de azufre que todos los coches que circulan en Europa.
Las cifras también se vuelven muy concretas cuando se analizan ciudades portuarias. En Barcelona, uno de los mayores destinos de cruceros del continente, los barcos turísticos que atracan en el puerto llegan a emitir casi tres veces más óxidos de azufre que todo el parque automovilístico de la ciudad.
Un ejemplo de estos gigantes flotantes es el Oasis of the Seas, uno de los cruceros más grandes del mundo. Con 362 metros de eslora y capacidad para más de 6.000 pasajeros, este barco ha tenido Barcelona como puerto base en varias temporadas del Mediterráneo. Cuando atraca en el puerto, a apenas unos kilómetros del centro histórico y de Las Ramblas, funciona como una auténtica ciudad flotante que mantiene en marcha sus sistemas energéticos durante toda la escala. Su motor, o más bien su conjunto de motores, está formado por tres bloques de 16 cilindros cada uno y otros tres bloques de 12 cilindros cada uno. Creado, como no puede ser de otra forma, por Wärtsilä.
Una ciudad flotante que nunca se apaga
- Un crucero funciona como un hotel gigante que necesita energía constante.
- Los motores auxiliares siguen funcionando incluso cuando el barco está atracado.
Parte del problema es que un crucero no funciona como un vehículo convencional que se apaga cuando se detiene. Estos barcos son en realidad auténticas ciudades flotantes. A bordo hay restaurantes, teatros, piscinas, sistemas de climatización, lavanderías industriales y enormes cocinas que deben funcionar las 24 horas del día.
Incluso cuando el barco está atracado en puerto, gran parte de los sistemas energéticos siguen en marcha para mantener todos esos servicios activos. Eso significa que los motores auxiliares continúan quemando combustible mientras el barco está detenido, a menudo a pocos kilómetros del centro de grandes ciudades.
Por eso se están impulsando soluciones como la electrificación de los muelles, que permitiría a los barcos conectarse a la red eléctrica cuando están en puerto. Sin embargo, la implantación de estas infraestructuras todavía es limitada y avanza a un ritmo mucho más lento que las restricciones al tráfico urbano.
Un contraste difícil de ignorar
- La normativa sobre combustibles ha sido históricamente mucho más estricta para los coches.
- Los cruceros siguen operando con regulaciones menos severas en muchas zonas.
El contraste resulta inevitable cuando se comparan las regulaciones ambientales de ambos sectores. Durante años, las normas sobre contenido de azufre han sido mucho más estrictas para los coches que para los barcos, lo que explica por qué un vehículo diésel antiguo puede tener más limitaciones para circular por algunas ciudades que un crucero que atraca en su puerto.
La situación está empezando a cambiar con nuevas normas internacionales y con el impulso de combustibles más limpios como el gas natural licuado o incluso el hidrógeno en el futuro. Pero por ahora, los gigantes flotantes que cada año transportan a millones de turistas siguen moviéndose con motores gigantescos, quemando cantidades de combustible difíciles de imaginar y operando muy cerca de algunas de las ciudades más visitadas de Europa.










