Es la edición treinta y tres del Rally Raid anual que celebra una empresa de bebidas que no quiero mencionar. Papá ha participado en todas las ediciones anteriores con el Renault 4 que le regaló su padre.
El R4 ha llegado a meta los 32 años seguidos, sin excepción. Papá siempre al volante y, de copiloto, diferentes personas. Primero amigos, también algún primo suyo, luego mi madre y, finalmente, yo.
Este año por fin me toca conducir. Lo ansiaba desde hacía mucho tiempo, a la vez que esperaba que nunca pasara.
Porque este año, voy solo.
Papá, ya no está.
Desde hace solo un mes, no he vuelto a verle.
La familia se ha roto y nadie ve bien que venga hasta el desierto en este momento tan delicado, pero el “Cuatro Latas” de mi padre representa un vínculo imposible de describir.
Mamá hizo de copiloto muchos años, hasta que nació mi hermana mayor. Papá siguió enredando a amigos y compañeros del trabajo para que le acompañaran.
No le gustaba ir solo.
Yo pasaba de todo y de todos, hasta que hace 3 años, sin nada mejor que hacer, sucumbí a las súplicas de mi padre para que fuera con él.
Nunca me atrajeron los coches y menos pasar varias semanas tragando polvo en mitad de la nada. Además, tampoco sabría de qué hablar con ese señor.
Papá era un desconocido para mí, pero en aquella edición veintinueve del Rally Raid anual tuve tiempo de conocerlo. De ver cómo actuaba en diferentes situaciones. Jamás pensé que sería alguien tan vigoroso. Parecía transformado.
Todas sus acciones y decisiones estaban enfocadas en acabar la carrera de una pieza, al tiempo que ayudaba a todos los que se encontraba por el camino. Daba igual que tuvieran una avería mecánica, un accidente o que estuvieran atrapados en la arena.
–Soluciones traigo y ni las gracias pido –eso decía cuando se plantaba delante del equipo a socorrer.
Acto seguido tocaba la absurda bocina que había puesto en el coche. Las caras de agobio se transformaban en carcajadas en cosa de un segundo.
Me arrepiento de no haberle acompañado antes. De no haber sido contagiado por su ilusión. De no haber descubierto que ese tipo que me trajo al mundo sin yo pedirlo, podía ser también mi amigo.
Y sigo sin saber qué significaba para papá, el acabar este certamen cada año.
Pero sí sé, que en mi cuarto año, aunque el asiento del copiloto esté vacío, él viene conmigo.
Suena el pistoletazo de salida.
La edición treinta y tres del Rally Raid anual que celebra una empresa de bebidas que no quiero mencionar comienza y juro, por todas, que el Renault 4 terminará esta prueba.



