De entre todas las montañas en las que se entrelazan la historia del automovilismo y del ciclismo hay una que no está en los Alpes ni en el Pirineo sino dominando el horizonte de las llanuras del sur de Francia. La primera subida automovilística al Mont Ventoux, en 1902, estableció un trazado que luego el ciclismo ha convertido en ritual desde que el Tour de Francia hizo su primer final de etapa en la cima en 1958. En esos mismos kilómetros de carretera pilotos y ciclistas han construido los relatos de sus propias leyendas y tragedias. En 1967, en las faldas del gigante de Provenza, dos de ellos cruzaron sus destinos: Rolf Stommelen y Tom Simpson.

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