A lo largo de tres décadas, la Race of Champions de Brands Hatch fue uno de los eventos más importantes del año para el automovilismo británico. Se trata de una cita que inició su historia en 1965 con la Fórmula 1 hasta su última edición de 1983. En 1979, esta carrera vivió uno de sus momentos más interesantes con una mezcla de coches de dos campeonatos de Fórmula 1 distintos en un año de cambio en el que el efecto suelo empezaba a imponerse. La victoria fue para Gilles Villeneuve, que se llevó así su único triunfo en una carrera no puntuable de la categoría reina. Para el canadiense, sería el mejor momento de su carrera deportiva, al obtener un tercer éxito consecutivo tras ganar los Grandes Premios de Sudáfrica y Estados Unidos Oeste. La de Brands Hatch fue su cuarta victoria de un total de siete al volante de un coche de Fórmula 1, por delante de Nelson Piquet y Mario Andretti, con quien tuvo un fantástico duelo.

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Durante más de veinticinco años a lo largo de tres décadas, el circuito de Imola fue la sede de una carrera que bien podría haber sido una rareza pero que se convirtió en un evento clásico del calendario de la Fórmula 1 bajo el nombre de Gran Premio de San Marino. El Autodromo Enzo e Dino Ferrari vivió todo tipo de carreras en el mundial, comenzando su andadura albergando el Gran Premio de Italia de 1980 en lugar de Monza. Pero su estreno con la categoría reina se produjo un año antes, con el peculiar Gran Premio Dino Ferrari que tenía como objetivo valorar la validez del renovado circuito de la Emilia-Romaña, que buscaba entrar en el mundial. La victoria en este evento no puntuable fue para Niki Lauda en la que fue la primera carrera en el nuevo trazado de Imola, permanente ahora.

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El Gran Premio de Mónaco de 1981 es una de las carreras más recordadas en el circuito de Monte Carlo. Allí, Gilles Villeneuve dio una auténtica exhibición de su talento y logró su primera victoria en un circuito europeo, semanas antes de vencer por última vez en el circuito del Jarama. El piloto de Ferrari logró precisamente en Mónaco el primer triunfo de un coche de Maranello con el dorsal número 27, comenzando una historia que iba a convertirse en legendaria. Pero lo más importante era ver como Villeneuve ganó en un circuito que probablemente era el menos indicado de todo el calendario para los motores turbo. Su talento, su convicción y una pizca de fortuna conjuraron para que el canadiense lograra un resultado verdaderamente especial, aunque como todo, las piezas tuvieron que caer antes en su sitio.

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Didier Pironi ha sido considerado como uno de los villanos de la Fórmula 1 tras el oscuro episodio protagonizado, junto a Gilles Villeneuve, en el Gran Premio de San Marino de 1982. En tal sentido, y en aras de conceder una visión más amplia de lo sucedido, así como también publicar una biografía del piloto francés, David Sedgwick escribió el libro Pironi: El campeón que nunca fue. Allí, el autor señala que la reputación del piloto quedó en duda tras la carrera y se terminó de desplomar cuando ocurrió la muerte de Villeneuve en el siguiente gran premio, desgracia que de forma injusta también se asocia a Pironi. Inclusive todavía su nombre suele producir reacciones desagradables porque simplemente el público se quedó con la versión más nefasta de lo que aconteció.

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La asignación de números permanentes a los pilotos, y no a los equipos, presenta la particularidad del retorno del número 27 a la parrilla, en este caso como distintivo de Nico Hülkenberg. Sin embargo, dependerá de varias circunstancias para que de nuevo se presente la posibilidad de observar tal dorsal en Ferrari. Los seguidores de la escudería italiana conocen el significado, la herencia y lo que representa el espíritu del número 27, asociado a Gilles Villeneuve, Michele Alboreto y Jean Alesi, quienes, a pesar de no ganar el campeonato, son recordados por defender a la escudería en su época más oscura.

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Hay eventos en la historia del automovilismo que resultan claves para el desarrollo de la misma por motivos deportivos, técnicos o incluso políticos. En el caso del Gran Premio de Gran Bretaña de 1977, la carrera en Silverstone tuvo todo lo que puede quererse de una prueba que deba pasar a la historia, incluyendo una victoria mágica, dos debuts que marcarían el devenir de la Fórmula 1 en años venideros y el accidente más fuerte que un piloto de la categoría reina ha sobrevivido jamás. Todo ello, en medio de un campeonato que hasta ese momento había estado igualado y un Niki Lauda que estaba a punto de comenzar un majestuoso vuelo hacia la consecución de su segundo título de campeón del mundo de Fórmula 1.

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Hay carreras que pasan a la historia y otras que sencillamente se convierten en leyenda. Curiosamente, los motivos por el que ciertos eventos trascienden su importancia esperada suelen estar lejos de los triunfos y los resultados puramente deportivos. Pueden tener que ver pero no están siempre relacionados. Algo así sucede con el Gran Premio de Canadá de 1981, recordado sobre todo por las acrobacias bajo la lluvia y sin alerón delantero -tras llevarlo dañado y perjudicando su visibilidad durante vueltas- de Gilles Villeneuve, tercero en la que fue su última participación en la carrera de casa. Tanto es así que a menudo queda relegado al olvido un Jacques Laffite que fue el justo ganador de una carrera en condiciones terribles.

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Hoy se cumplen 35 años desde que falleció Gilles Villeneuve en Zolder, un fatídico 8 de mayo. Son 35 años sin uno de los pilotos con más talento puro que la Fórmula 1 ha visto en toda su historia pero también tres décadas y media sin uno de los hombres más genuinos y apreciados de su época. Sus historias han sido contadas tantas veces que son casi un poema épico. Por no volvernos redundantes en recordar un personaje que a pesar de todo lo merece, revisamos cinco anécdotas sobre su carrera deportiva que son menos conocidas que sus duelos con René Arnoux y Alan Jones o sus gloriosas victorias en Mónaco y el Jarama en 1981.

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Cuando Nigel Mansell cruzó la línea de meta completando la vuelta número 61 en Rio de Janeiro en el Gran Premio de Brasil de 1989, la Fórmula 1 empezó una de las mayores revoluciones tecnológicas de su historia. El Ferrari 640 del británico venía equipado con un cambio semiautomático que podía ser accionado desde el volante. Por primera vez en la categoría reina, un monoplaza había permitido a su piloto correr -y ganar- sin quitar las manos del volante... por lo menos si nos olvidamos de la parada a boxes donde precisamente ese elemento fue reemplazado.

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El Gran Premio de Estados Unidos de 1979 celebrado en Watkins Glen -carrera conocida a menudo como Estados Unidos Este en contraposición con la cita en la costa oeste en Long Beach- fue la última carrera de una temporada triunfal para Ferrari. De esta forma, Estados Unidos recibía a la Fórmula 1 con los títulos decididos y sin tanta emoción en teoría. La compensación llegó en forma de exhibición de Gilles Villeneuve, que estuvo todo el fin de semana en un mundo aparte.

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