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Seguridad Vial

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Radares, niebla y lluvia: una combinación que juega en contra de los conductores que sí respetan los límites de velocidad

Elena Sanz Bartolomé | 29 Dic 2021
Lluvia Radares  01
Lluvia Radares  01

En los meses más fríos del año es normal circular con condiciones adversas. El paso de las diferentes borrascas se traduce en lluvias, niebla, nevadas… que no sólo afectan a nuestra circulación, también a los dispositivos que vigilan el correcto cumplimiento de algunas normas. Tanto es así que la presencia de estos elementos pueden interferir en su funcionamiento jugando en contra de aquellos conductores que sí cumplen los límites de velocidad: te explicamos por qué la combinación de radares, lluvia y niebla puede jugarte una mala pasada.

Para llegar hasta ahí antes tenemos que saber cómo funcionan algunos los radares que miden la velocidad a la que circulamos. Estos dispositivos mandan un haz de luz que rebota en cada vehículo y regresa al cinemómetro: conociendo los intervalos de esos pulsos enviados y su velocidad de ida y vuelta, se calcula a cuánto va el coche. Si está por encima de lo establecido, recibirá la correspondiente multa.

La velocidad de la luz

El medio de propagación, en estos casos, es el aire. Sin embargo, cuando la niebla es muy densa o las lluvias caen de forma intensa, el agua sustituye al aire. O lo que es lo mismo: el haz de luz viaja por un escenario diferente y su velocidad es, por lo tanto, distinta. Este fenómeno, llamado refracción, puede influir en el trabajo de los radares: si, como decíamos antes, las precipitaciones son intensas el pulso de luz atravesará más gotas de agua y los cálculos hechos para una situación en la que las condiciones son normales, no serían válidos: no en vano, la velocidad de la luz en el aire es, más o menos, de 300.000 km/s y en el agua es de 225.000 km/s.

Una infracción nunca cometida

Los casos en los que los radares pueden fallar a causa de la lluvia no son mucho, pero existen. Hace unos años, un conductor que circulaba por la carretera N-232 a la altura de la localidad zaragozana de Mallén, recibió una multa por circular con su furgoneta a 184 km/h en una zona limitada a 60 km/h por obras. El hombre negó rotundamente haber superado los límites, pero el cinemómetro tenía todos los informes de calibración al día y funcionaba correctamente.

Se enfrentaba, por lo tanto, a una infracción muy grave: circular 124 km/h por encima del máximo de la vía se traducía en una multa de 600 euros, una pérdida de seis puntos en el carnet de conducir y, al estar juzgado por el Código Penal, la retirada del permiso entre uno y cuatro años y cárcel de tres a seis meses, multa de seis a doce meses o trabajos en beneficio de la comunidad de 31 a 90 días.

La borrasca Gloria

Sin embargo, el conductor insistía en que había respetado los límites por mucho que se hubiera comprobado que el radar funcionaba correctamente. ¿Cómo podía darse semejante dicotomía? La clave del caso residía en la borrasca Gloria, que esos días azotaba España: la abogada solicitó un informe a la Agencia Estatal de Meteorología que confirmaba que en el momento que se cometió la supuesta infracción se dieron intensas lluvias en la zona e, incluso, nevadas dando lugar a “una situación muy excepcional”.

A esto sumaron el informe pericial de un ingeniero en el que explicaba que “las gotas de lluvia, la nieve, el granizo, la niebla intensa, incluso la suciedad o nieve en el cristal de la caja del radar pueden dispersar geométrica la luz del láser”. Con estas pruebas, la Justicia dio razón al conductor pues quedaba probado que las condiciones meteorológicas habían interferido en el trabajo del cinemómetro provocando una medición errónea.