Fernando Alonso, ídolo de muchos y verdugo de algunos pocos, suele estar en boca de todos por tales o por cuales motivos. Por desgracia, en los últimos tiempos no suele ocupar titulares precisamente por sus victorias; tampoco lo ha solido hacer nunca por temas sobre su vida privada, la cual ha procurado siempre mantener al margen de lo profesional, incluyendo qué coches conduce fuera de los circuitos (más allá de los Renault, Ferrari, Honda o McLaren que ha lucido por contrato). Sin embargo, el actual jefe de Alonso, Zak Brown sí presume de coches, y con razón: Brown es un auténtico petrolhead y en su colección hay coches de calle y un sinfín de máquinas de competición, de multitud de categorías y pilotados por los mejores; un garaje tan impresionante como podáis imaginar. 

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Los deportivos son probablemente, y desde siempre, los coches más admirados y deseados por la mayoría de quienes estamos enganchados al mundo del automovilismo. Son potentes, rápidos, tienen diseños exóticos y, por lo general, el sonido de sus escapes seduce. Con los superdeportivos, hiperdeportivos o megadeportivos -uno ya no sabe cómo catalogarlos- todo lo anterior se incrementa exponencialmente: los Ferrari LaFerrari, Koenigsegg One:1, Porsche 918 Spyder, McLaren P1 o Pagani Huayra son rapidísimos, sus escapes gritan, braman, sus líneas son espectaculares y son piezas muy exclusivas, prácticamente de coleccionista. ¿Pero cómo es realmente tener uno -o varios- hiperdeportivos?

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