Los deportivos son probablemente, y desde siempre, los coches más admirados y deseados por la mayoría de quienes estamos enganchados al mundo del automovilismo. Son potentes, rápidos, tienen diseños exóticos y, por lo general, el sonido de sus escapes seduce. Con los superdeportivos, hiperdeportivos o megadeportivos -uno ya no sabe cómo catalogarlos- todo lo anterior se incrementa exponencialmente: los Ferrari LaFerrari, Koenigsegg One:1, Porsche 918 Spyder, McLaren P1 o Pagani Huayra son rapidísimos, sus escapes gritan, braman, sus líneas son espectaculares y son piezas muy exclusivas, prácticamente de coleccionista. ¿Pero cómo es realmente tener uno -o varios- hiperdeportivos?

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