Sus puertas llaman la atención por ser circulares, pero, ¿qué pasa con las ventanillas? Si te fijas, se abren en dos mitades hacia los lados. Este bello sinsentido pertenece a una máquina única que estás a punto de descubrir.
Jonckheere Phantom, el coche de lujo que Rolls-Royce no pudo crear por sí solo
En los años 20, Rolls Royce solo te vendía el chasis rodante. Es decir, tenías un esqueleto con un motor gigante y ruedas que, andaba, pero que necesitaba ser vestido. De eso debías encargarte tú. Por ese motivo aparecieron multitud de carroceros que lo harían sin que te pringases las manos.
Este coche cuenta con el chasis de un Rolls Royce Phantom I de 1925, pero fue el carrocero belga Jonckheere quien hizo semejante carrocería llena de curiosidades y detalles para 1935.
Detalles y líneas que enamoran
Tenemos las ruedas traseras escondidas, formas de gota de agua por todas partes, un radiador ligeramente inclinado (a diferencia de lo que suele hacer Rolls), un techo con doble cristal que remata en la zaga al estilo fastback, esas prominentes luces tipo obús y una sensación de velocidad constante.
Su motor de 7.7 litros y 6 cilindros en línea solo desarrollaba 110 CV a 2.300 rpm y le permitía acelerar hasta los 130 km/h. Y digo «solo», pero debemos tener en cuenta la época. El coche era una bestia refinada con gran par motor capaz de hacer confortable a una trasto tan pesado.
La cosa no termina ahí. Tenemos una suspensión muy avanzada, un interior en rojo enfocado al confort y a aislarte del mundo exterior. Qué decir de las puertas circulares de apertura opuesta. Son su principal gancho, pero cuando te pones a mirar, no paras de encontrar cosas.
Pasando de manos hasta su creador
Pudo ser un encargo para un magnate, un supervillano o incluso Batman, pero el chasis original fue encargado en 1925 por una viuda multimillonaria llamada Anne Thompson Dodge (sí, de la marca Dodge). No obstante, la mujer debió cambiar de opinión y el chasis jamás llegó a salir de Reino Unido, hasta que más tarde lo compró un Rajá de la India.
Las fortunas iban cambiando de manos y el coche también. Él era lo único inmutable, hasta que en 1932 apareció en Bélgica. Dos años después un propietario desconocido lleva el Phantom a Jonckheere. El carrocero llevaba un tiempo dedicándose solo a autocares tras el Crack del 29, pero trabajar con cosas lujosas no era nuevo para él.
Empleó un estilo muy de moda llamado Streamline, que se centraba en fluidez aerodinámica. El colofón que lo diferenció fueron las puertas y sus ventanillas de tijera. Empezaron a llamar al coche «Round Door Rolls» y sus 6,40m eran impresionantes en cada rincón. Pero lo impresionante acabaría rápido.
Del óxido a la gloria
El tiempo seguía adelante y tras la II Guerra Mundial, el coche apareció en un desguace de Nueva Jersey. Era 1950 y un tipo llamado Max Obie lo descubrió, lo restauró como pudo y se inventó que había sido propiedad del Rey Eduardo (posterior Duque de Windsor). Con esto y escamas de oro en la pintura, se dedicó a cobrar 1 dólar a la gente por ponerse al volante.
Siguió pasando de manos de personas que perdían interés, necesitaban espacio, o que habían vaciado demasiado sus bolsillos. Con diferentes pinturas, el Jonckheere seguía ahí, simplemente existiendo. En los 90, un coleccionista japonés pagó 1,5 millones de dólares por él en una subasta.
Nada más se supo hasta 2001, cuando el Petersen Automotive Museum de Los Ángeles lo compró para devolverlo a su estado original, como siempre había merecido esta joya olvidada.








