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La opinión de
Firma de Javier Montoro

Guerra comercial entre Europa y China por el coche eléctrico

Representación artística de la competencia automotriz entre China y Europa

Estaba claro. La reciente decisión de la Unión Europea de imponer altísimos aranceles a los coches eléctricos fabricados en China ha desatado una tormenta que tendrá consecuencias devastadoras para nuestro continente y para una industria que, junto con sus auxiliares, supone cerca del 8% del PIB comunitario. El Gigante Asiático ya ha mostrado su enfado y, por supuesto, el miedo está justificado.

Nuestros «queridos» políticos todavía están a tiempo retroceder, pero de momento ya hemos entrado en una guerra comercial contra la primera potencia mundial que muy difícilmente ganaremos y donde las bajas se medirán, antes o después, en pérdidas de poder adquisitivo con base en el encarecimiento general de los productos, faltas de competitividad y desabastecimientos.

En un movimiento sorprendentemente proteccionista, mucho más propio de naciones comunistas que del capitalismo que Europa defiende (en teoría), el Viejo Continente ha dado un paso en falso hacia una contienda que promete más mermas que beneficios, máxime cuando partimos de una posición muy poco ventajosa (eso sí, ganada a pulso) tanto en lo social como en lo económico. ¿Qué efectos podemos esperar en nuestras latitudes? Muchos y poco alentadores.

Europa ha sido la primera en disparar, pero lo ha hecho en su pie. Por un lado, lastrar el libre mercado significa intervenir sobre la competencia y propiciar el acomodamiento de los fabricantes occidentales, en último detrimento del consumidor de los BEV que la propia UE le ha obligado a comprar. Por el otro, tampoco es mejor el escenario para la innovación, esa que hemos facilitado durante lustros a China para ahorrarnos costes y maximizar márgenes. Quizá sólo recibamos lo que merecemos.

Más allá del encarecimiento del mercado automovilístico en general y de los productos 100% eléctricos en particular, la inflación tocará a la puerta de otros muchos sectores relacionados, encareciendo una serie de bienes que, sea de manera directa o indirecta, dependen del comercio con China, país al que estamos absolutamente sometidos en la cadena de suministro y que puede cortar en cualquier momento.

La respuesta del monstruo oriental, que ha invertido trillones en automoción, no se hará esperar. Podrá empezar con el brandy o con el cerdo, pero está al caer y vendrá en forma de aranceles para productos europeos, afectando sobre todo a las industrias relacionadas con un lujo en auge a orillas del Pacífico. Las exportaciones de este tipo, entre las que se incluyen vehículos «premium», podrían desplomarse de una forma drástica a partir de ahora. Empresas como BMW, Mercedes-Benz y Grupo Volkswagen, con una fuerte presencia en el mercado chino, sentirían el golpe (el enésimo en 4 años).

Por si era poco, el sector automotriz europeo depende en gran medida de materias primas y componentes importados de China: aproximadamente, el 20%. Con aranceles en juego, los costes de producción se dispararán y la fabricación sufrirá retrasos, lo que se traducirá en perjuicios para el cliente y hará que nuestros productos no alcancen el posicionamiento deseado dentro y fuera de las fronteras comunitarias, con los riesgos que esto conlleva en términos de ventas, resultados financieros y, por ende, empleo.

Más allá de las evidentes represalias comerciales, nos encontramos en una era donde la colaboración es esencial para la innovación. China es, no sin nuestro apoyo, líder en investigación y desarrollo de tecnologías de baterías y vehículos eléctricos, además de inteligencia artificial y tantas otras materias. Una guerra comercial no solo levantará muros físicos, sino también intelectuales, dificultando mucho el intercambio de conocimientos y frenando el gran avance que ansiábamos en pro de la ecología.

Atacar a una bestia económica mientras se ofrece una falsa sensación de seguridad a los fabricantes europeos no sólo es peligroso e irresponsable, pues se corre el riesgo de estancamiento (perdiendo la agilidad y la capacidad de progreso), sino que demuestra al planeta la debilidad de una región que fue próspera mientras era realmente libre.

En un mundo más conectado que nunca, crear barreras es todo un anacronismo que puede tener efectos catastróficos. La guerra comercial entre Europa y China nos llevará a un escenario de confrontación poco conveniente y que podría haberse evitado de no haber querido ser los más verdes y haberle prestado a Asia nuestro dinero y nuestro «know-how». Ahora el panorama es sombrío y el daño está garantizado, siempre que no se dé marcha atrás. Hay mucho que perder y poco que ganar.

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