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La opinión de
Firma de David García Artés

Malos tiempos para la lírica

Si no conoces la canción de Golpes Bajos de 1983 tal vez seas demasiado joven para entender lo que te voy a contar. O tal vez no.

Yo crecí en la época del SEAT 131, el Talbot Solara, el Citroën GS, el Peugeot 505, el Opel Ascona o el Alfa 75. Eran coches lamentables en comparación con el nivel de tecnología, seguridad y calidad de construcción que tenemos hoy en día, porque el tiempo no pasa en balde y los coches han mejorado lo indecible. Conducir ahora es más fácil, más cómodo y más seguro que nunca.

Pero hace 40 años los coches tenían algo que se ha ido perdiendo conforme las escuelas de ingeniería de todo el mundo iban mejorando sus estándares y perfeccionando sus criterios de diseño y construcción. Ahora no hay coches malos, antes no había coches buenos sino coches con diferentes problemas que podías escoger según tus gustos. Los tracción trasera eran peligrosos, en los Citroën te mareabas, los Alfa Romeo se estropeaban, los SEAT estaban terriblemente mal hechos, etc.

Pero volvamos a lo que hemos perdido a cambio de la gran estandarización de criterios y calidades, a cambio de la tecnología al alcance de todos y la seguridad activa y pasiva que tantas vidas ha salvado. Hemos perdido que un coche italiano sea italiano, un francés, francés y un alemán, alemán. Ya no es posible distinguir entre países o marcas porque, al probar un coche, todos se parecen demasiado.

Abundando en esta pérdida de identidad, la llegada del coche eléctrico viene para llevarse no sólo lo poco que nos quedaba de personalidad en cada automóvil, sino algo más profundo. El motor eléctrico elimina el alma del automóvil, aquello que lo acercaba a un ser vivo. La gasolina y el oxígeno latiendo y rugiendo en su motor han dado paso a silenciosos Voltios y Amperios que nos impulsan hacia delante en un movimiento perfecto y eficiente, pero sin drama.

Corren malos tiempos para el auténtico aficionado que, de pura inanición, busca alimento en el rincón más escondido de la alacena que llamamos «segunda mano», para encontrar las últimas migajas de épocas pasadas.

Malos tiempos para la lírica.