27 de diciembre de 2018 (*) actualizado a las 13:43

Viviendo con un coche eléctrico (II): vértigo

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Comenzamos la segunda entrega de esta breve experiencia vital con un coche eléctrico. En la primera parte, comentábamos algunas peripecias relacionadas con la autonomía, probablemente la limitación a tener más en cuenta.

Hoy entraremos algo más a fondo en las limitaciones prácticas del coche e intentaremos extraer algunas conclusiones fundamentales de la prueba en vivo de nuestro Peugeot Ion de alquiler.

Limitaciones presupuestarias en la construcción del coche eléctrico

Viviendo con un coche eléctrico

Decíamos que el coche no tiene ninguna luz interior. Tampoco tiene programador de velocidad, reloj, termómetro exterior, sensor de lluvia o luces, navegador (podría ser vital) ni climatizador. El aire exterior entra con dificultad por las pequeñas salidas de aire, y el aire acondicionado nos resta entre 7 y 9 km de autonomía en cualquier circunstancia, invitándonos amablemente a no utilizarlo.

El maletero no tiene bandeja superior (todo se ve desde fuera) los asientos son de una tela áspera que no se veía desde los años ’80 y los plásticos del salpicadero son duros y simplones. El elevalunas del conductor tiene función de un solo toque para bajar, pero no para subir (lo que elimina el coste del sistema de seguridad de parada automática si se encuentra con algo antes de cerrarse).

Allí donde miramos, encontramos recortes presupuestarios. Todo está orientado a que el coche no se vaya de precio todavía más (recordemos que este modelo cuesta unos 29.000€ una vez descontada la ayuda del gobierno).

En fin, el coche es lo que es: una de las primeras unidades de fabricación en serie de una tecnología cara y novedosa que tiene mucho camino por recorrer aún. Un Nissan Leaf, sin ir más lejos, representa ya el paso siguiente, al menos en acabados y equipamiento.

A vueltas con la infraestructura de recarga

Viviendo con un coche eléctrico

Una vez recargado el 80% de la batería y con la certeza de que no volveré a salir de la ciudad hasta el día siguiente, para devolver el coche, me dispongo a dejarlo en la calle, enchufado en uno de los puntos de recarga existentes. Pero no.

El primero que pruebo está en el parking de un centro comercial. Llego tras la hora de cierre y está bastante oscuro; tanto, que las instrucciones en el lateral del poste son prácticamente ilegibles. Me voy a la pantalla táctil y empiezo a interactuar con ella, al tiempo que un tipo se detiene espontáneamente a interrogarme sobre las bondades del coche. Muy majo, la verdad.

Todo parece ir bien, he conectado el coche con el leve resplandor de las farolas, la máquina reconoce mi tarjeta y me empieza a hacer preguntas cuya respuesta conozco. «Indique número de cargador» – esta es fácil , tengo el 2 – «Indique tipo de recarga, inmediata o programada» – uf, digamos que inmediata, supongo – … lo siguiente es un «Tarjeta sin saldo». Game Over.

En ese momento, como en una película, se apagan las pocas farolas que quedaban encendidas y me quedo en la oscuridad casi total, enfrente de la pantalla y ahora ya sé que no tengo saldo. Ya me advirtieron al coger el coche que lo podía recargar sólo en el aeropuerto, pero no es lo que dice la web y quería estar seguro. Ahora lo estoy.

Me voy a casa, tras recoger a tientas el cable y tirarlo a ciegas dentro del maletero (sin luz, claro). Lo más difícil fue encontrar la inserción de la llave de contacto, ¿será tan cara una luz de cortesía?. Arranco, o más bien enciendo la luz de READY, y me voy en completo silencio.

El punto de recarga de mi calle, en el que no tenía ninguna esperanza de poder aparcar (pues todo el mundo utiliza las plazas reservadas como normales) me brinda una segunda oportunidad: hay un sitio libre delante del poste número 1. Aparco.

En este caso, la pantalla táctil ha dejado de ser táctil. Bueno, la puedes tocar si quieres, pero no se inmuta. Lleva un año ahí, sin que nadie la utilice y aunque he visto un técnico hurgando en ella en los últimos días, parece que no hurgó lo suficiente. No va.

Da igual, tampoco tenía saldo…

Viviendo con un coche eléctrico

Con respecto a la recarga eléctrica en la calle y con un cable, una última reflexión: la sensación de fragilidad. El cable quedaría totalmente expuesto a ser desconectado. Se supone que el punto de recarga lo retiene hasta que alguien con una tarjeta válida detiene la carga, pero sin duda podría ser desconectado, cortado, robado…

El hecho de que se arrastre por el suelo en casi toda su longitud no anima tampoco a dejarlo allí, en un charco, por ejemplo. Es totalmente pisable, mojable, cortable… vulnerable.

Me imagino la escena en una noche de lluvia y viento, marido y mujer sacando el cable del maletero y acercándolo a la toma de corriente, totalmente mojado (cable, poste y manos).

– El agua dulce no es conductora de electricidad ¿no?

– Creo que no, tiene que ser salada para ser conductora.

– Vale, entonces ¿lo enchufas tú?

– Emmm… déjalo, mañana casi no lo vamos a mover… ya lo enchufaremos.

Un coche enchufado a un poste con un cable es algo precario y frágil, una especie de chapuza. No lo acabo de ver. En mi garaje, puede ser, pero en la calle, no. Ahora lo tengo claro.

Conclusiones: la validez del concepto de coche eléctrico

Viviendo con un coche eléctrico

La experiencia ha sido esclarecedora. El coche eléctrico existe y funciona, pero sus características y limitaciones me han sido reveladas de forma clara y nítida.

cambiaría radicalmente la calidad de vida dentro de las ciudades, tan sucias y ruidosas

Para circular por ciudad teniendo un cargador en casa, es el arma definitiva. Silencioso, ágil, ultraeconómico (una vez comprado), no contaminante… sencillamente no tiene rival. Me convence totalmente y lo veo muy superior a cualquier cosa a la que haya que echar gasolina. No puedo ser más claro, soy un converso del concepto (debidamente acompañado de un precio que tenga sentido, claro).

Además, cambiaría radicalmente la calidad de vida dentro de las ciudades, tan sucias y ruidosas. Mi voto en este referéndum es que sí.

Dicho esto, en el momento en que dependemos de puntos de recarga ajenos (esto está muy verde aún) o queremos salir, siquiera un poquito, a estirar las piernas fuera de la urbe, estamos literalmente vendidos. Ni está pensado para eso ni lo puede hacer.

Por supuesto, asomarse desde los 29.000€ que cuesta y ver los acabados, equipamiento y limitaciones que acompañan al coche a día de hoy, puede dar verdadero vértigo a cualquiera que no sea un pionero vocacional.

…y hasta aquí la experiencia.

En Tecmovia: Viviendo con un coche eléctrico (I): amor, curiosidad, Prozac y dudas | Peugeot iOn: el eléctrico del león a prueba (I) | 10 preguntas con respuesta sobre el coche eléctrico

Comentarios...

  1. ourensano

    totalmente de acuerdo (aún no lo he probado pero voy teniendo una opinión…). De entrada me parece una opción perfecta en ciudad (siempre y cuando se vayan mejorando los puntos de recarga), pero para mi el principal problema sigue siendo la autonomía… 100-150 km es muy muy poco, comparado con unos 600-800 de cualquier coche pequeño. Y en un sitio como Galicia que las ciudades son pequeñas y todos nos movemos como mínimo en un entorno «periurbano», supongo que te puedes quedar tirado en cualquier lado… 
    El precio es cosa aparte. Es caro de momento, porque la producción aún es pequeña. Con una inversión adecuada, y una producción en serie, y en serio, los precios irían bajando, como pasa con todo…
    Un saludo.

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