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¿Qué entendemos por ecointeligencia?

Curioso que nos hagamos esta pregunta en estos momentos. Quizás ocurra que cada vez aumente la consciencia de que algo estamos haciendo mal y que tenemos que actuar para vivir en armonía con nuestro medio ambiente.

Podríamos decir que la inteligencia ecológica ó ecointeligencia es la capacidad de vivir tratando de dañar lo menos posible a la naturaleza. Esta definición, que debemos a Daniel Goleman, consiste en comprender qué consecuencias tienen sobre el medio ambiente las decisiones que tomamos en nuestro día a día e intentar, en la medida de lo posible, elegir las más beneficiosas para la salud del planeta. Nosotros hemos concretado el concepto como la « capacidad de desarrollar productos y servicios diseñados para que desde su creación hasta el final de su vida útil sean beneficiosos para el Medio Ambiente ».

Ecointeligencia es comprender qué consecuencias tienen sobre el medio ambiente las decisiones que tomamos en nuestro día a día e intentar elegir las más beneficiosas para la salud del planeta.

Se da la paradoja de que cuanto más coherentes somos con el bienestar del Planeta, más invertimos en el nuestro. El ser humano ha demostrado una extraordinaria capacidad de adaptación a su nicho ecológico. A esa inteligencia, referida a la capacidad de aprender de la experiencia y tratar adecuadamente a nuestro entorno, se le une el término ecológico que connota la comprensión de la relación existente entre los organismos y sus ecosistemas. Por lo tanto, la expresión inteligencia ecológica ilustra a la perfección la capacidad de aplicar nuestro conocimiento a los efectos de la actividad humana para hacer el menor daño posible a los ecosistemas y vivir de un modo sostenible en nuestro Planeta.

Si queremos proteger el Planeta, nuestra especie debe volver a sensibilizarse según la dinámica de la Naturaleza.

Es cierto que las exigencias a las que hay en día nos enfrentamos requieren de una nueva sensibilidad que nos permita reconocer las complejas interconexiones que vinculan al Hombre con la Naturaleza. Y es el Hombre el que tiene la capacidad ejemplar de adaptar su forma de vida a casi cualquier extremo climático o geológico. Para conectar con esa inteligencia, debemos trascender la visión que enfrenta al ser humano con la Naturaleza, porque lo cierto es que vivimos en sistemas ecológicos y nuestra actividad afecta al entorno.

Hoy en día quizás nos encontremos en una encrucijada evolutiva, porque las formas de pensar que guiaban nuestra ecointeligencia innata están especialmente adaptadas a la cruda realidad de la prehistoria. Esos impulsos innatos eran los que nos llevaban a escapar de los predadores, a engullir azúcares y grasas para engordar y así poder soportar hambrunas. Fue esa sabiduría integrada la que llevó a nuestra especie hasta el umbral de la civilización. El paso del tiempo ha acabado dándonos unas habilidades poco prácticas a los millones de individuos que vivimos en mundo tecnológico actual. Lo cierto es que ya no podemos seguir confiando en nuestra habilidad para conectar con el mundo natural ni con la sabiduría acumulada. Si queremos proteger el Planeta, nuestra especie debe volver a sensibilizarse según la dinámica de la Naturaleza.

Los signos de la emergencia del cambio en la conciencia colectiva ya son visibles a nivel global.

Aquí es donde toma partido la inteligencia ecológica, permitiéndonos entender sistemas en toda su complejidad, así como también la relación existente entre el mundo natural y el mundo fabricado por el ser humano. Pero esa compresión exige un conocimiento tan vasto que no cabe en ningún cerebro individual, por ello la complejidad de la ecointeligencia nos obliga a tener en cuenta a los demás y colaborar con ellos. Se suele considerar que la inteligencia se encuentra dentro del individuo, pero las capacidades ecológicas que necesitamos representan una forma de inteligencia colectiva que se asienta en redes amplias de personas.

Los signos de la emergencia del cambio en la conciencia colectiva ya son visibles a nivel global, desde equipos de ejecutivos que se esfuerzan en que las actividades de su empresa sean responsables y sostenibles, hasta activistas que distribuyen bolsas de tela para reemplazar a las de plástico en la compra. En todas partes podemos encontrar personas comprometidas con el establecimiento de un tipo de relación con la Naturaleza que prescinda del cortoplacismo a favor de una relación a largo plazo más sana. En este sentido, los resultados de las investigaciones más importantes sobre los peligros generados por nuestra actividad sobre los ecosistemas, como los ligados al calentamiento global, no son más que el inicio de proceso que debe continuar con la recopilación de datos precisos que puedan guiar nuestra acción, junto al análisis, la disciplina y la reflexión, en suma, inteligencia ecológica.

Ricardo Estévez es el responsable del proyecto ecointeligencia, un punto de encuentro en castellano para compartir contenidos ecointeligente o, en otras palabras, productos y servicios diseñados para ser beneficiosos para el Medio Ambiente.

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