Mercedes 300 SD: así nació el primer turbodiésel de la historia (que curiosamente solo se vendió en Estados Unidos y Canadá)

 |  @davidvillarreal  | 

Con escándalos y sin escándalos, con episodios de contaminación y sin ellos, el diésel sigue siendo el combustible preferido de los españoles a la hora de comprar un coche. Sin ir más lejos, Europa sigue siendo el fortín de los diésel, un mercado que pese a todo sigue adorando al gasóleo. Hoy no vamos a recordar cómo comenzó esta historia, pero sí haremos lo propio recuperando la historia del Mercedes 300 SD de 1978. Hace cuatro décadas Mercedes-Benz hacía historia, lanzando el primer turismo turbodiésel fabricado en serie, introduciendo el gasóleo en un coche de lujo – que hoy ocuparía el lugar de un Mercedes Clase S – y para más inri, y probablemente para sorpresa de muchos, lanzando este modelo únicamente en Estados Unidos y Canadá.

¿Por qué apostó Mercedes-Benz por instalar un motor diésel a su buque insignia?

A comienzos de los años setenta, Estados Unidos consumía una tercera parte del petróleo producido en todo el mundo. Unas cifras increíbles para un país en el que apenas vivía un 6% de la población mundial. Estados Unidos se había convertido en un país petroleodependiente y el coche en un bien indispensable para todos sus ciudadanos, en un modelo urbanístico, e incluso cultural, creado a la medida de ese bien que todos adoramos, el automóvil.

El agotamiento del modelo económico impulsado por Richard Nixon, y la situación cada vez más revuelta en Oriente Próximo, que cerraría el grifo del petróleo que sustentaba la maquinaria económica de Occidente, crearían la tormenta perfecta para llevar a la industria del automóvil a un nuevo paradigma. El mundo en general, pero sobre todo los Estados Unidos, aprenderían que había que poner límites al consumo energético desmedido. Y así sería como la primera crisis del petróleo, y las sucesivas, cambiarían por completo la visión de fabricantes, gobernantes, y compradores, acerca del automóvil.

Con las consecuencias de la crisis de 1973 aún presentes, nacía la Corporate Average Fuel Economy (CAFE) durante la administración de Jimmy Carter. Aunque la metodología fuera mucho más compleja, podríamos simplificarla diciendo que la regulación estadounidense impondría unos límites de consumo ponderado para los fabricantes presentes en Estados Unidos. Unos límites dentro de los cuales debía entrar la media de consumos homologados de la flota de automóviles comercializada por cada marca, ponderada en base a otros parámetros, como el peso del automóvil. En otras palabras. Para que un fabricante como Mercedes-Benz pudiera cumplir con la normativa sería necesario que vendieran coches – muchos coches – con un consumo más reducido, de manera que la media total fuera inferior a esos límites.

Por aquel entonces, un sedán de lujo como el Mercedes-Benz W116 solo estaba disponible con motores de seis cilindros en línea y de ocho cilindros en uve, de gasolina, por supuesto, suponiendo estos últimos una parte importante de las ventas totales.

Como otros muchos fabricantes, Mercedes-Benz ya estaba trabajando con motores diésel en Europa. Pero el verdadero salto lo daría apostando por un motor aún más oportuno para un sedán de lujo, el primer turbodiésel para un turismo, que estaría basado en los motores desarrollados por aquellos maravillosos Mercedes C111 que durante años, como buenos laboratorios sobre ruedas, se dedicaron a cazar récords.

Tras el motor rotativo, los ingenieros apostaron por el diésel para la saga Mercedes C111. De manera que la segunda y la tercera versión de este prototipo se transformarían probando diferentes iteraciones de los motores diésel de cuatro y cinco cilindros de la época, con turbo e intercooler, para demostrar que sin duda el futuro del diésel pasaba por el turbo.

Así las cosas, el Mercedes Clase S de los años setenta, el W116, acabaría recibiendo una versión, el Mercedes-Benz 300 SD, con un motor turbodiésel que entregaba lo que hoy en día nos podría parecer una cifra modesta, 115 CV de potencia. Una cifra que ya superaba con creces los 80 CV del 240 D. Con ello Mercedes-Benz conseguiría rebajar su consumo medio ponderado y, sobre todo, lanzar una versión de su berlina de lujo que podía recorrer bastantes millas por galón más que sus homólogos de seis cilindros y gasolina. O lo que es lo mismo, rebajar su consumo en varios litros cada cien kilómetros.

El Mercedes-Benz 300 SD consumía unos respetables 10,6 litros/100 kilómetros. Una cifra muy inferior a la de sus rivales, y sus hermanos de gasolina. Pero también era capaz de alcanzar los 165 km/h (las versiones de 6 cilindros superaban los 200 km/h) que con el auge de la seguridad vial se antojaba como una punta más que suficiente para las carreteras y los límites de velocidad estadounidenses.

Para ser una apuesta tan peculiar, y exótica, el Mercedes-Benz 300 SD cosecharía unas ventas nada desdeñables, con un total de 28.634 unidades vendidas en Estados Unidos y Canadá.

Fuente: Mercedes-Benz
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    El último modelo que poneis de foto no es un w116, es un w126, que fue su predecesor. Ambas berlinas son una autentica preciosidad, estandarte del buen diseño elegante y atemporal de Mercedes Benz.