De entre todas las montañas en las que se entrelazan la historia del automovilismo y del ciclismo hay una que no está en los Alpes ni en el Pirineo sino dominando el horizonte de las llanuras del sur de Francia. La primera subida automovilística al Mont Ventoux, en 1902, estableció un trazado que luego el ciclismo ha convertido en ritual desde que el Tour de Francia hizo su primer final de etapa en la cima en 1958. En esos mismos kilómetros de carretera pilotos y ciclistas han construido los relatos de sus propias leyendas y tragedias. En 1967, en las faldas del gigante de Provenza, dos de ellos cruzaron sus destinos: Rolf Stommelen y Tom Simpson.

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A finales del siglo XIX, mientras inventores de todo el mundo perseguían la idea de un “coche sin caballos”, el mundo se entusiasmaba con el primer medio de transporte mecánico individual: la bicicleta. La fiebre del ciclismo facilitó a los pioneros del automóvil tener ruedas, engranajes y chasis tubulares para sus primeros cuadriciclos, y además los primeros interesados en los vehículos a motor estuvieron en los clubes de cicloturistas. En la última década del siglo XIX el automóvil y la bicicleta se disputaban el título de mejor medio de transporte individual y las competiciones de ambos mundos a menudo empleaban los mismos escenarios. Por eso ciclismo y automovilismo comparten historia y santuarios, en muchas ocasiones allá donde la tierra trata de encontrarse con los cielos.

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