Entiendo que hemos de reflexionar y ser muy críticos con esa sensación que se está instalando en muchos ámbitos, también en este del mundo del automóvil, que apunta a que cualquier tiempo pasado siempre fue mejor. Es natural. Tendemos a recordar con nostalgia y entusiasmo aquellos aspectos positivos de un pasado que tal vez ni siquiera hayamos vivido o haya existido y amplificar el impacto de los aspectos más negativos del presente.
Hoy da vértigo recordarlo. Pero hubo un tiempo en que el mayor dilema de un conductor residía en escoger si quería su coche con un motor gasolina, o diésel, y la gran mayoría dirimían el debate escogiendo los segundos.
Los diésel lo tenían todo. Eran ahorradores, con unos consumos muy bajos y un coste por kilómetro ínfimo, y además eran prestacionales, en un tiempo en que el turbo en los motores de gasolina era poco menos que una rareza. Europa quería que comprásemos diésel. Pero entonces todo cambió. Los diésel parecían no ser tan respetuosos con el medioambiente como se presuponía, fueron objeto de escándalos, y tuvieron que perfeccionarse para reducir sus emisiones, aumentando la complejidad y por ende la propensión a fallos, hasta que han quedado reducidos a una pequeña porción del mercado, con una oferta mucho más discreta, y con motores que como los híbridos han acabado por ocupar su lugar.
Diésel es, indudablemente, el motor que hoy nos ocupa. De otra forma no se comprendería que este coche haya logrado recorrer 2.398,7 kilómetros con un solo depósito. Ha sido la hazaña conseguida por este conductor, y que además ha documentado con un vídeo – por desgracia en perfecto alemán – en el que nos muestra su viaje entre la localidad alemana de Hildesheim – cerca de Hannover – hasta el Círculo Polar Ártico en Suecia.
Un motor casi indestructible… y diésel
El vehículo escogido es, para más inri, un coche perfecto para viajar, también en peligro de extinción. Un familiar enorme como el Volkswagen Passat, y en concreto un B5 de 1998, equipado con uno de los motores que también recordamos con más nostalgia, un 1.9 TDI de 110 CV. Un motor que despierta nuestra nostalgia no solo por sus consumos ridículos, sino también por su durabilidad, el famoso bomba-inyector del grupo Volkswagen, que en tantos coches ha superado con muy pocos problemas varios cientos de miles de kilómetros.
Aquellos diésel de antaño no solo eran tremendamente frugales, y por ese mero hecho ya podían hacer grandes kilometrajes sin parar a repostar, sino que además empleaban depósitos bastante grandes, para los estándares actuales, en los que nos hemos instalado en el entorno de los 45 litros, o incluso por debajo de esa cifra. El autor del vídeo concreta que 72,05 son los litros que admite el depósito de su Passat.
Una hazaña con mucho truco
Para hacer casi 2.400 kilómetros con un depósito, como podrás imaginarte, este conductor ha recurrido a técnicas que van mucho más allá de la práctica habitual de un conductor, tal y como nos cuentan nuestros colegas de Xataka. Técnicas en la propia conducción, que pasan por mantener velocidades constantes de 70-90 km/h empleando control de crucero, y evitar pisar el freno aprovechando el freno motor, pero también otras técnicas menos recomendables como pegarse a los camiones para aprovechar el rebufo.
También ha requerido adaptaciones técnicas en el coche, empleo de aceite de baja viscosidad, neumáticos de baja resistencia a la rodadura con una presión muy superior a la recomendada (4 bares) y llantas con tapacubos carenados, anulación de entrada de aires y desactivación del sistema de aire acondicionado, hasta la eliminación de las barras del techo y la antena.
Definitivamente nadie necesita hacer más de 2.000 kilómetros, ni siquiera mucho más de 1.000 kilómetros con un depósito. Pero no deja de resultarnos interesante que aún haya conductores interesados en aplicar la técnica del hypermiling y proponerse una hazaña como esta.










