Probamos un Mazda RX-7 de primera generación: pureza rotativa

 |  @sergioalvarez88  | 

Hace unos días Mazda nos invitó a visitar la pequeña ciudad de Augsburg, cerca de Munich. Una ciudad mediana, sin nada especial… aparentemente. Es la sede del Mazda Classic Museum, el único museo oficial de la marca en territorio europeo. Un museo muy especial, nacido de la iniciativa de la familia Frey, los primeros importadores de Mazda en Alemania. Deleitarnos con los más de 50 clásicos expuestos no era el plato fuerte del día. Probar un Mazda RX-7 de primera generación de su colección privada lo era para mí. Una preciosa unidad en color rojo, con apenas 63.000 km en su odómetro, matriculada en el ya lejano año 1980. Está ante mí, y tengo las llaves en la mano.

Un poco de historia

En el año 1929 el ingeniero alemán Felix Wankel diseña un motor revolucionario. Un motor de combustión que prescinde de los tradicionales pistones, reemplazándolos por rotores. Estos rotores giran de forma excéntrica en una cámara de combustión de aspecto ovalado, compartiendo con cualquier motor de ciclo Otto sus cuatro tiempos. Los primeros motores rotativos sólo tenían un rotor, pero su construcción modular y sus dimensiones compactas permitían sencillos incrementos de potencia y prestaciones. Además, apenas tenían más partes móviles que el rotor, prescindiendo de complejos árboles de levas y su correspondiente distribución.

Los motores rotativos tienen especiales necesidades de lubricación, y el consumo de aceite es inherente a su correcto funcionamiento.

Esta patente fue adquirida tras la Segunda Guerra Mundial por el fabricante alemán NSU, que en 1957 produce el primer prototipo de motor rotativo. Como todas las nuevas tecnologías, sus comienzos no estuvieron exentos de tropiezos y de incomprensión. Los primeros rotativos no destacaban por su fiabilidad o potencia, pero sí por su consumo de aceite – inherente a su ciclo de funcionamiento – y por su apetito de gasolina. NSU terminó asociándose con Citroën para continuar el desarrollo de los rotativos, experimento que ambas marcas abandonaron al poco tiempo de producirse la crisis del petróleo de 1973.

Mazda también había adquirido la patente de Felix Wankel en los años 60. Pero al contrario que NSU y Citroën, nunca dejaron de apostar por esta tecnología. El precioso Mazda Cosmo Sport del año 1965 – hoy por hoy el clásico más cotizado de la marca de Hiroshima – fue su primer coche con motor rotativo, un espectacular deportivo de dos puertas que podemos considerar el abuelo de los Mazda RX-7. Durante los años setenta los motores rotativos fueron montados en berlinas como el Mazda Road Pacer, coupés como el precioso Mazda RX-2, familiares como el Mazda RX-4, pick-ups como las Mazda REPU… ¡e incluso minibuses como el Mazda Parkway RE13!

Pese a no ser una tecnología perfecta, Mazda supo mejorar su fiabilidad y venderla en todo tipo de formatos.

Confianza en su tecnología: Mazda ofrecía una garantía de 150.000 km en los RX-7 destinados al mercado estadounidense.

Cara a cara con el primer Mazda RX-7

El Mazda RX-7 fue lanzado al mercado en el año 1978. De hecho, en el Mazda Classic Museum se está celebrando una exposición especial con todos los RX-7, con motivo de esta efeméride. Para finales de los setenta Mazda ya había perfeccionado de forma considerable sus motores rotativos. El RX-7 fue un coche creado con el mercado estadounidense en mente, un mercado donde la marca estaba creciendo con fuerza y donde los coupés deportivos tenían mucho tirón. Porsche vendía muy bien sus 924, Toyota tenía en sus Celica a fuertes competidores y a los chicos de Datsun les quitaban de las manos los Z.

Pero el Mazda RX-7 no se amilanaba: sabía que tenía todos los ingredientes para triunfar. Para empezar, en Japón burlaba gravosas tasas – el Impuesto de Circulación para coches con más de 1,5 litros de cubicaje se disparaba – con una cilindrada total de poco más de 1,1 litros y prestaciones dignas de un motor convencional de más de dos litros. En Estados Unidos, costaba casi 14.000 dólares menos que un Porsche 944 de acceso, siendo más rápido en aceleración. La unidad que hemos probado fue matriculada originalmente en Alemania en el año 1980, y desde entonces apenas ha recorrido 63.000 kilómetros.

El antecesor del Mazda RX-7 fue el Mazda Savanna RX-3. En algunos mercados, como el japonés, al primer Mazda RX-7 se le siguió denominando Mazda Savanna.

Lo primero que me llama la atención es que se trata de un coche pequeño. Mide sólo 4,28 metros de largo, pero impresiona más que sólo mida 1,27 metros de alto. Su pintura de color rojo está en un estado impecable, y su afilado frontal esconde dos faros escamoteables, una seña de identidad que siempre acompañó a los Mazda RX-7. Los deportivos de antaño no presumían de enormes neumáticos o llantas de 20 pulgadas, como hoy en día. Esta unidad tiene unas llantas de aleación de sólo 13 pulgadas, envueltas en neumáticos de 185 mm de sección. ¿Y sabéis qué? Llantas de mayores dimensiones arruinarían su estética clásica.

Cuando pasamos a su interior hay dos cosas que advertimos instantáneamente. La primera es que vamos sentados muy bajos, y la segunda, es que el coche nos ofrece una visibilidad sensacional. Los pilares son muy estrechos y la enorme luneta trasera nos ofrece una vista privilegiada de todo lo que sucede tras nosotros. El interior del Mazda RX-7 no parece haber sido diseñado hace ya 40 años. La instrumentación tiene una lectura muy sencilla, la consola central agrupa sus mandos de forma muy lógica e incluso tenemos huecos portaobjetos en la consola que separa ambos asientos. ¡Sí, es más práctico que un MX-5 moderno!

Tiene cuatro plazas y un maletero muy aprovechable. El Mazda RX-7 era un deportivo, pero estaba diseñado para que pudiera convivir en el día a día con su propietario.

Giro la llave y el motor rotativo despierta rápidamente. Esta unidad lleva un motor 12A de dos rotores, un motor derivado directamente del propulsor que animó al primer Mazda Cosmo Sport en 1965. Un motor con dos rotores de 573 centímetros cúbicos de cilindrada unitaria, que en el caso de nuestra unidad, desarrollaba 110 CV de potencia, alimentado por un carburador Nikki. Al ralentí apenas percibimos que el coche esté encendido, una sensación que no es común en coches clásicos, donde todo suele vibrar y agitarse. Con este motor, el Mazda RX-7 era capaz de alcanzar los 190 km/h, acelerando hasta los 100 km/h en menos de 9 segundos.

Hoy en día cualquier compacto diésel consigue esas cifras, pero en los años 70 eran cifras dignas de un verdadero deportivo. Y desde luego, ningún “compacto diésel” consigue ofrecernos las maravillosas sensaciones de este pequeño deportivo rotativo. El excelente estado de conservación de la unidad ayuda mucho: la dirección apenas tiene unos grados de holgura y el recorrido de la palanca de cambios es duro, pero preciso y deportivo. El tacto del embrague es muy natural, y tras un par de tirones nos hemos acostumbrado a la perfección a su funcionamiento. Con los ojos cerrados, no diría que estoy conduciendo un coche casi 10 años mayor que yo.

La dirección es precisa, y tiene una fantástica retroalimentación al carecer de cualquier tipo de asistencia. Hoy en día es sencillo olvidar lo puros que eran los coches hace no tanto tiempo.

Pero sí hay detalles que nos recuerdan la edad del coche. La dirección no está asistida, no tenemos aire acondicionado y carecemos de espejo retrovisor en el lado derecho del coche. ¿Cómo es conducir un Mazda RX-7 clásico? Hemos podido darnos una vuelta corta a sus mandos, en la que hemos disfrutado del sonido tan característico de su motor rotativo, un sonido que invade todo el habitáculo cuando hundimos el pedal derecho. El sonido es sugerente a bajo régimen, y directamente adictivo en cuanto superamos las 5.000 rpm. La elasticidad del motor parece no terminar, entregando lo mejor de sí en el último tramo del cuentavueltas.

Un aviso sonoro nos despierta de nuestro disfrute, recordándonos de forma brusca que tenemos que cambiar de marcha – estos motores rotativos no tenían “corte de inyección”. Aprovecho para reducir el ritmo e ir poniendo rumbo al Museo Mazda en Augsburg, donde varios compañeros esperan su turno para ponerse al volante del RX-7. De nuevo aprecio lo normal que el coche se siente en una circulación relajada, con una suspensión que tolera las imperfecciones del asfalto, con una gran visibilidad y con el bonito sonido de sus dos rotores, ronroneando de forma tranquila. ¿De verdad tengo que devolver ya el coche?

No es radical, no es visceral y no es rápido. Pero derrocha personalidad, y con un peso de sólo 1.024 kilos, se mueve más ágilmente de lo que parece.

A los 10 minutos me sorprendo mirando Milanuncios – como drogadicto de los coches clásicos que soy, no tengo remedio – y haciendo cálculos mentales, soñando con comprar una unidad. Después recuerdo que no tengo dinero para tantos caprichos y vuelvo a la tierra con desazón. Ha sido una maravillosa experiencia que nunca olvidaré. Ojalá algún día me reencuentre con otro RX-7 y podamos hacer un viaje más largo juntos. Desde Diariomotor, gracias a Mazda Classic por dejarnos experimentar lo que se siente al volante de un clásico tan valioso y en buen estado. Ha sido un placer.

Vídeo-prueba del Mazda RX-7 clásico

A continuación, nuestra prueba en vídeo de esta preciosa unidad.

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