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Más de lo mismo: por qué el Volkswagen Golf R es una oportunidad perdida

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El Volkswagen Golf R ha sido presentado hace apenas unos días. Todo apunta a que será el tope de gama prestacional de la octava generación del Volkswagen Golf, además de ser, con 320 CV, el Golf de producción más potente de todos los tiempos. Seguro que has escuchado hablar de su tecnología, de su escape Akrapovic y de su nuevo modo drift. En este artículo de opinión no te vamos a repetir lo mismo que has leído en otros medios: te voy a explicar por qué el Volkswagen Golf R de octava generación es una oportunidad perdida, es decir, más de lo mismo.

Una gran receta que necesita cambios

No quiero que penséis que el Volkswagen Golf R me parece un mal coche. En absoluto lo es. Cuando lo pueda probar, estoy seguro de que me parecerá un coche dinámicamente muy competente, posiblemente muy divertido. Mi problema con el nuevo Golf R no es ese, ni tampoco lo es la incorporación de un "modo drift", que mediante un conjunto de embragues situados en el eje trasero y un mayor reparto de potencia al eje trasero es capaz de simular sobrevirajes. Mi problema es con la receta de compacto deportivo. Una gran receta, que necesita cambios.

La receta del Volkswagen Golf R no ha cambiado en los últimos 10 años.

Quiero que penséis en los compactos deportivos como si fueran tortilla de patatas. Todo el mundo ama la tortilla de patatas y la pide como pincho cuando tiene que desayunar en el bar. La receta básica es de sobra conocida: huevos, patatas, cebolla. El Volkswagen Golf R es la receta más perfeccionada de tortilla de patatas conocida actualmente, una receta para todos los públicos que a nadie disgusta. Las patatas están cortadas de forma regular, el regusto de la cebolla está ahí pero nunca se sienten los trozos de la cebolla, que "asustan" a los más quisquillosos.

Para ser segura y no sentar mal, lleva huevina en vez de huevos. Es una tortilla jugosa y sabrosa, pero no está melosa ni líquida en su interior. Es la tortilla perfecta, pero dista mucho de ser la tortilla ideal. Su receta no ha cambiado desde hace dos generaciones: el Golf R sigue montando un motor 2.0 TSI y un sistema de tracción total tipo Haldex. Los incrementos de potencia se suceden a razón de 20 CV por generación, y con el paso de los años, ha ido perdiendo los detalles que diferenciaban al Volkswagen Golf R de otros coches de la competencia.

El Ford Focus RS Mk3 fue un coche mucho más especial y cargado de personalidad de lo que nunca fue el Volkswagen Golf R.

Ya no se ofrece con una carrocería de tres puertas y tampoco se ofrecerá con una caja de cambios manual. Las patatas de la tortilla han dejado de estar cortadas a mano, y los huevos han dejado de ser huevos de corral. El Volkswagen Golf R contenta a todos los públicos, pero es esencialmente el mismo coche que el Audi S3 o el CUPRA León. Las diferencias son de presentación y puesta a punto: son el plato en que se presenta el pincho de tortilla o el pan empleado de acompañamiento. Sus rivales premium tampoco es que se hayan puesto a innovar en la cocina.

Fijaos en el Mercedes-AMG A 35 o en el BMW M135i xDrive: son productos idénticos en planteamiento, sistema de propulsión, transmisión e incluso prestaciones. Son platos industriales, sabrosos y apetecibles, pero demasiado políticamente correctos, demasiado aptos para todos los paladares. Quiero que los compactos deportivos sean esa tortilla de patatas casera, con un interior meloso, hecha con huevos de aldea, y a la que no dudas en echarle unos trozos de chorizo. Una tortilla imperfecta, con patatas cortadas de forma irregular y alguna cáscara de huevo perdida.

En el segmento de los utilitarios deportivos, el Toyota GR Yaris es el espejo en que todos deberían mirarse.

Una tortilla con mucha más personalidad, una tortilla que no te van a servir en el área de servicio de una autopista. Una tortilla que puede que no sea del gusto de todo el mundo, pero que volverá locos a aquellos que les guste. En el mundo de los compactos deportivos, por fortuna, aún hay recetas que no han sido estandarizadas. Existe una deliciosa tortilla francesa llamada Renault Mégane RS con cuatro ruedas directrices y existe un exótico Honda Civic Type R de absurda potencia y tracción delantera, al que acompañan con toques de wasabi.

El Mégane y el Civic son dos ejemplos de compactos deportivos con mucha personalidad, y desde luego, coches que no gustan a todo el mundo por igual. Pero ahí reside su principal atractivo. En un mundo y una industria del automóvil que tiende a la completa estandarización y a la anulación del individualismo, los compactos deportivos deberían ser reductos de pasión y experimentación, no tender al conformismo.

Los compactos deportivos del Grupo Volkswagen juegan demasiado sobre seguro.

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