¿Eres adicto a tu coche? una aproximación diferente a la movilidad urbana

 |  @LM_Ortego  | 

¿Actuamos conscientemente a la hora de escoger el medio de transporte en las ciudades? Esta pregunta puede parecer retórica: cuando se opta por el transporte público el coste o los problemas de aparcamiento suelen ser argumentos más que lógicos para tomar la decisión; cuando elegimos el transporte privado suele primar la comodidad, la flexibilidad o la rapidez. Pero en el segundo caso las contrapartidas suelen ser tan altas que es inevitable preguntarse, ¿qué es lo que hace que estemos dispuestos a soportar altos costes, pesados atascos y estresantes faltas de aparcamiento, a cambio de emplear nuestro coche privado?

Debe de haber algo más. Algunos recientes estudios recientes en el campo de la neurociencia aportan algunas respuestas sorprendentes a este dilema: cuando el uso del coche se convierte en habitual nuestro cerebro lo “automatiza” y  deja de tomar la decisión conscientemente. Dicho de otra manera, que cuando se convierte en un hábito el coche se comporta en nuestro cerebro como una adicción, y que para muchos conductores dejar de usarlo no es una cuestión de opciones: es casi como “dejar de fumar”.

La neurociencia y el hábito del coche privado

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Por muchas alternativas de transporte que ofrezca la ciudad,

Según el artículo de Yalachkov, Naumer y Plyushteva, cuando el hábito de usar el coche se convierte en “automático” el cerebro lo gestiona de modo similar a la adicción a las drogas

es raro que uno elija el medio de transporte para ir al trabajo a las 6:30 de la mañana mientras espera a que termine de hacerse el café del desayuno, igual que tampoco es una decisión que se tome tras largos y complejos cálculos en la mesa del salón. El proceso por el que se escoge uno u otro medio o formato de transporte es mucho más elaborado y se extiende a lo largo de parte de nuestra vida. Los momentos más importantes como la emancipación, los hijos o un cambio de residencia, influyen fuertemente sobre nuestros hábitos de movilidad especialmente entre los 20 y 35 años, mientras que nuestra “Biografía de movilidad” apenas cambia en cuanto cruzamos el umbral de la cuarentena. Por eso comprender la forma en la que los usuarios se enfrentan a la elección del medio de transporte tiene mucha importancia a la hora de plantear los planes y políticas de movilidad para evitar el frecuente error de ofrecer soluciones a problemas que, simplemente, no existen.

Lo más habitual en las últimas décadas ha sido la política del “palo y la zanahoria”: aumentar la oferta y flexibilidad del transporte público (bus, tranvía, metro, bicis) y dificultar el uso del privado(aparcamiento, peajes, peatonalizaciones)Pero ¿es verdaderamente posible que aquellos que tienen el hábito de desplazarse en coche privado lo cambien como consecuencia de las políticas de restricción o “castigo”? Según el artículo de Yalachkov, Naumer y Plyushteva, cuando el hábito de usar el coche se convierte en “automático” se produce un cambio en la zona del cerebro que lo gestiona, alejándolo de las áreas donde se produce la deliberación y ubicándolo en otras donde se produce una respuesta simple y directa.
Los autores plantean que el cerebro se comporta frente a un hábito “automático” de modo similar a como se comporta en los casos de adicción a las drogas:

Cuando estamos más nerviosos nos aferramos a aquellas costumbres que “no nos hacen pensar”: por eso es tan complicado introducir cambios en algo tan genuinamente estresante como los desplazamientos “casa-trabajo”.

igual que en los adictos a las drogas no las abandonan aunque se les pongan dificultades para conseguirlas, con el hábito del vehículo privado el cerebro ignora las dificultades que se le plantean (costes, parkímetros, atascos) con tal de seguir asociando “desplazamientos” y “coche”. Es decir que para una parte de la población usar el coche no es una “elección” sino una pequeña “adicción” y eso quizá requiere que se replantee el enfoque de las políticas hacia una movilidad más sostenible.

Otro dato revelador del artículo es que la elección no sólo depende del hábito, sino también de contexto.
Según los autores, cuando se plantean situaciones de estrés en las que tomar decisiones, el cerebro tiende a preferir los procesos memorísticos y directos frente a la toma de decisiones con múltiples variables. Es decir que cuando estamos más nerviosos tendemos a aferrarnos a aquellas costumbres que “no nos hacen pensar”, y por eso es tan complicado introducir cambios en un proceso tan genuinamente estresante como los desplazamientos “casa-trabajo”. Esos viajes suponen más del 20% de los kilómetros que recorremos anualmente y una gran parte de los desplazamientos que se producen globalmente en una ciudad, o lo que es lo mismo un montón de pequeños dilemas particulares con grandes consecuencias colectivas. Pero, ¿cómo se traducen estas observaciones neurocientíficas sobre el terreno?.

El embrujo de la “casa con ruedas”

En el mundo actual, donde todo es percibido bajo las reglas del consumo, la satisfacción individual se ha convertido en un factor clave en nuestras decisiones y la elección entre el transporte privado y el público no se sale de la norma. Y ahí es donde el automóvil juega su baza más importante: la de la satisfacción individual de los sentidos. Para varias generaciones el coche privado es un elemento cargado de simbolismo: es un icono de la emancipación, del estatus, del estilo, de la libertad sexual, etc.

Para varias generaciones el coche no es un medio de transporte, es un estado mental. Para ellos el transporte público simplemente no es una opción

El coche no es una máquina sino un estado mental y por eso se convierte en una prolongación… de nuestra casa: salimos del hogar y entramos en él como en otra habitación de nuestra casa, a veces sin siquiera pisar la calle. Ahí nos espera un buen espacio a nuestro alrededor, un asiento a nuestro gusto, nuestra música favorita, e incluso nuestro ambientador preferido. Un automóvil moderno, además, es una máquina concebida en cada detalle para transmitir placer y bienestar al conductor, para hechizarlo con sus encantos, desde el tirador de la puerta al tacto del botón de la radio. En términos de atractivo sensorial, el coche es un artefacto definitivo y su arsenal de atractivos es inapelable: incluso un viejo VW Polo se convierte enseguida en nuestra “casa sobre ruedas”… y una vez adquirida la sensación de “estar en casa” puede ser adictiva, y muy difícil de cambiar por la de ir en un vagón repleto de gente.

Pero entonces llegan los atascos, las vueltas buscando apartamiento, alguna que otra multa, las averías.
Para unos 15000 km anuales el coste de un turismo medio supera ampliamente los 2000€ anuales, aparte del coste de pagarlo. Es decir que en términos de coste por kilómetro el desplazamiento casa – trabajo, a cambio de esas “sensaciones” y ahorrar algo de tiempo, te sale entre 5 y 6 veces más caro que en transporte público. ¿Estamos “secuestrados” por esta sensación de satisfacción individual del automóvil? Probablemente para muchos conductores el coche, a pesar de todo, es un “refugio mental” frente al estrés, una pequeña adicción, de ahí que sea tan difícil dejarlo sólo a base de ofrecer alternativas colectivas.

Otra revolución del transporte público es necesaria

¿Qué nos queda por hacer entonces? En mi opinión el transporte público es en este momento mejor de lo que ha sido nunca, pero seguramente debe enfrentarse a una pequeña revolución.

Para unos 15000 km anuales el coste de un turismo medio supera ampliamente los 2000€ anuales, aparte del coste de pagarlo.

Si se quiere que muchos conductores abandonen el coche hay muchos aspectos que mejorar, como la “experiencia de usuario” para muchas personas con dificultades de movilidad como ancianos, personas con diversidad funcional, madres con niños pequeños… La información en tiempo real vía aplicaciones y smartphone ha mejorado mucho los sistemas públicos (hasta averiguar si el bus trae asientos libres como en Londres), pero si la sociedad del futuro (y su sistema productivo y de consumo) va a seguir girando en torno a la experiencia individual, el automóvil es un contrincante imbatible para el transporte público. Tanto como para crear algo más que un hábito: una adicción.

Fuente: The compulsive habit of cars  | A Terapy created for drugs is being used to reduce car reliance  | You may be addicted to your car | Bus CCTV tools lets lazy londoners find free seats

Fotos: ArmandoSM (Flickr)  |  Neil Kremer (Flickr)  |  Wonderlane (Flickr) |  Kevin Utting (Flickr)

En Tecmovia: La crisis económica ¿Una oportunidad para la movilidad en nuestras ciudades?

  • Almafuerte

    Cuando a los 18 años compre mi primer coche, con los ahorros de dos años, el mundo se hizo mas pequeño, mi vida se lleno de viajes, lugares inalcanzables estaban a tiro de piedra, como cuando a los 11 empezamos a irnos mas lejos con la bici. Nuevas experiencias. Un refugio con la novia de turno. Una ausencia de límites por horarios de transporte, condiciones climáticas o distancias. Reí, lloré, me emocione y madure gracias al coche. Me enceño responsabilidad, economía, habilidades y destrezas mecanicas y sociales.
    Le debo mucho a los coches que he tenido. Mucho tránsito y poco aparcamiento? Por eso tengo moto también.
    Comparar el coche propio y el transporte público, para mi no existe. Por gasto? Pero una tv de 15″ ya se ve la carrera. Vale, pero prefiero la de 62″ full HD mientras la pueda tener.

    • Luis Ortego

      ¡Exacto!