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Si este es el futuro del automóvil, paren, que yo me bajo

Si tuviera que definirme de alguna forma, tened muy claro que no lo haría como un purista del automóvil de toda la vida, un escéptico que mire con reticencias a las tecnologías modernas. Es más, generalmente observo con mucha atención, pero también el escepticismo que me exige esta profesión, cualquier tecnología que me toca probar, incluso con la ilusión de creer que de verdad esas tecnologías pueden suponer todo un progreso para la movilidad. Jamás me veréis criticar al coche autónomo por poner en peligro a la conducción, aunque verdaderamente crea que ese peligro existe. Pero he de deciros que aquellos tiempos en los que el automóvil era el bien más preciado de cualquier persona han terminado. Y que los únicos culpables de que eso suceda somos nosotros, los clientes.

Me preocupa una industria de clones, de coches cortados bajo el mismo patrón, plataformas compartidas, que a priori deberían suponer ahorro. La realidad ya la conoces, el ahorro redundará única y exclusivamente en los márgenes de beneficio de las marcas. Resulta ingenuo pensar que el precio de un automóvil lo define el verdadero coste de su producción, aunque obviamente influya. Al final todo se basa en una serie de ecuaciones aritméticas, y en posicionar tu vehículo en cifras comparables a las de tus rivales.

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Me preocupa que llegue un día en que los coches sean tan eficaces «conduciendo», sin conductor, que no nos podamos permitir el lujo de dejar a un humano conducir. Por suerte, o por desgracia, para llegar a ese punto aún queda mucho. Me preocupa que nos subamos a un deportivo de pura cepa y tratemos de aprovechar cada minuto como si fuera el último, porque esa filosofía de automóvil, tal y como está planteada ahora mismo, tenga los días contados.

Tengo la enorme suerte de poder dedicarme a probar coches, y hablaros de ello. La suerte de que por mis manos pasen muchos coches, pequeños, grandes, modestos, lujosos, y deportivos. Y aún así a menudo tengo esa sensación, la de aprovechar al máximo el tiempo que tengo con ciertos productos por tener muy claro que quizás sea la última oportunidad que tenga de disfrutar de ciertos conceptos de automóvil. Deleitarme engranando marchas y disfrutando el sonido de un bóxer con un Cayman GT4 atmosférico, ¡y manual!, sabiendo que el próximo Cayman será turbo. Bajar tres marchas en un túnel y hacer rugir un Audi R8 V10 Plus para escuchar a uno de los últimos superdeportivos con motor de diez cilindros atmosférico.

Lo repetiré una vez más, los únicos culpables de que eso suceda somos nosotros. Para más detalle leer el siguiente artículo: «Salvemos a los cambios manuales. Aviso de spoiler: no podemos salvarlos«.

Vivimos un momento en el que existe tal variedad de modelos, estilos y precios, que el cliente puede tener serios problemas para elegir el coche que mejor se adapte a sus intereses. Una variedad de formatos que ha roto por completo la definición de segmentos tradicional que nos servía para encasillar a diferentes modelos. Berlinas con línea de coupé, SUV con línea de coupe, familiares con aspecto de SUV, SUV que no son SUV, son crossovers. Alguno se quejará de ello, basta ver los comentarios en muchas entradas de Diariomotor. Yo no. Creo que esa filosofía en el fondo es beneficiosa para el cliente. Fulanito tiene dos hijos pequeños y un coupé le resulta demasiado incómodo para ajustar las sillitas, pero sí se puede permitir un sedán de corte más deportivo, mal llamado coupé de cuatro puertas, porque no necesita demasiado espacio en las plazas traseras pero sí cuatro puertas. Un ejemplo como otro cualquiera de que la variedad acerca al cliente a su coche ideal.

Y aún así, con tal variedad de modelos y alternativas, todo hijo de vecino aspira a tener un SUV. Así son las cosas. Algunas marcas, las menos, pueden permitirse productos de nicho, hilar fino con productos que se salen de los segmentos habituales. Otras solo pueden apostar por el volumen, por el SUV, por el compacto (y a ser posible solo en cinco puertas, que es lo que compran más clientes). En este escenario vemos desaparecer productos sin que sus fabricantes nos ofrezcan un relevo generacional, coupés, compactos de tres puertas, auténticos todoterreno, berlinas de cuatro puertas…

El monovolumen quiso matar al sedán como el vehículo más demandado por una familia media española, pero el que verdaderamente está consiguiendo matarlo es el SUV.

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De pronto nos hemos dado cuenta de que la movilidad urbana en coche ha dejado de ser sostenible. No nos podemos permitir la contaminación, en unos años los coches más potentes tendrán que recurrir a algún tipo de hibridación, los pocos que resistan estarán gravados con impuestos insostenibles y grandes limitaciones, por ejemplo, para acceder al centro de las grandes ciudades. Tu clásico tampoco se librará. ¿Culpa de nuestros gobernantes? Una vez más no. Es solo culpa nuestra.

Nos creímos que era sostenible que cualquier ciudadano acudiera al trabajo, o la universidad, en su coche privado, solo… Nos creímos que el diésel era la opción más limpia, y cuando vimos las orejas al lobo, en forma de restricciones al tráfico, encolerizamos. Tal vez debamos replantearnos que cientos de miles de ciudadanos acudan a la vez, a su trabajo, a la universidad, a comprar el pan, o a hacer un par de recados, en coche. Tal vez esa sea la única salvación que quede para seguir disfrutando de una de las actividades que más nos gusta, conducir.

Dicho lo cual, algunos seguiremos mirando con optimismo a esta industria, aunque difícilmente nos olvidemos de ese cliché, el de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Y este artículo en ningún caso pretende convencerte de alguna verdad absoluta, nada más lejos de mi intención, sino llevarnos a reflexionar acerca de lo que está sucediendo. Una tarea a menudo infructuosa, pero no por ella menos necesaria, especialmente en estos tiempos en los que cada año, cada mes, y cada día, se presentan miles de avances que pretenden revolucionar nuestra vida.

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