Vivimos obsesionados con las cifras. El avance del coche eléctrico, de hecho, no está contribuyendo a que se racionalice la obsesión por la potencia, sino todo lo contrario. El eléctrico está facilitando que veamos coches cada vez más potentes y más rápidos por lo relativamente sencillo que es conseguir que un motor eléctrico consiga potencias muy superiores a lo que necesitamos la mayoría de los conductores. Pero hoy toca hablar de motores de combustión, de gasolina para ser más concretos.
Entre tanta escalada de prestaciones hay una realidad incómoda: la sensación de respuesta inmediata no siempre depende de tener más cilindros, más turbo o más caballos. Y ahí es precisamente donde un humilde motor japonés de tres cilindros ha dejado en evidencia a deportivos muchísimo más ambiciosos.
- Un pequeño tres cilindros atmosférico logra una respuesta más inmediata que deportivos con muchos cilindros
- La clave no está en la potencia, sino en cómo entrega el motor su rendimiento
Un diminuto tres cilindros capaz de dejar en evidencia a motores mucho más grandes
Durante años nos hemos acostumbrado a asociar las buenas prestaciones con motores enormes, especialmente con los clásicos seis cilindros en línea, los V8, etc, etc. Sin embargo, la realidad de la conducción diaria es bastante diferente a la de una salida lanzada perfecta o una drag race. Porque una cosa es acelerar desde parado utilizando launch control, embrague y electrónica, y otra muy distinta es la capacidad de reacción que tiene un coche cuando ya circula a velocidad moderada.
Ahí es donde entra en juego una métrica muy interesante propuesta por nuestros colegas de Car and Driver, que comparó la aceleración tradicional de 0 a 60 mph frente a la de 5 a 60 mph. Es decir, comparar cuánto tarda un coche en alcanzar esa velocidad desde parado y cuánto tarda cuando ya está en movimiento.
La respuesta inmediata importa más de lo que pensamos
La lógica detrás de esta prueba es bastante sencilla. Cuando aceleramos desde parado podemos preparar el motor para entregar toda su potencia de golpe, especialmente en coches turboalimentados y deportivos modernos.
Sin embargo, cuando el coche ya está rodando a baja velocidad, desaparecen muchas de esas ventajas. El turbo necesita reaccionar, el motor debe recuperar vueltas y la entrega de potencia ya no resulta tan instantánea.
Precisamente por eso sorprende tanto el resultado obtenido por el humilde Mitsubishi Mirage G4, la berlina derivada del modelo que en Europa conocimos como Mitsubishi Space Star. Este pequeño japonés logró una diferencia prácticamente inexistente entre ambas mediciones, llegando incluso a acelerar ligeramente mejor en movimiento que desde parado.
Un motor sencillo, atmosférico y prácticamente irrompible
La explicación tiene bastante sentido. El Mirage emplea un motor extremadamente sencillo: atmosférico, pequeño y sin turbo. Un tipo de mecánica que hoy parece casi una rareza en Europa, pero que históricamente ha destacado por algo fundamental: su respuesta lineal e inmediata.
No hay retardo del turbo. No hay complejos sistemas electrónicos intentando gestionar enormes cifras de par. Tampoco una entrega explosiva condicionada a alcanzar cierto régimen de revoluciones. Responde, y lo hace además con la robustez típica de los motores japoneses más sencillos, esos que parecen diseñados para durar eternamente con un mantenimiento básico.
El problema de obsesionarnos con el 0 a 100 km/h
Todo esto tampoco significa que un Mitsubishi Mirage sea más rápido o mejor coche que un Porsche o un BMW M Performance. Evidentemente no lo es.
El pequeño japonés necesita alrededor de 13 segundos para alcanzar los 100 km/h, mientras que deportivos modernos son capaces de hacerlo en cifras cercanas a los 4 segundos, territorio que hace dos décadas pertenecía a auténticos superdeportivos.










