Aquellos maravillosos años: las últimas carreras ilegales de Mulholland Drive

 |  @davidvillarreal  | 

Aunque te cueste creerlo, hubo un tiempo en que las carreras callejeras ilegales no eran políticamente incorrectas, o al menos gozaban de una aceptación social que, por suerte, se agotó hace algunas décadas. No hay nada malo en reconocer que los orígenes de algunas competiciones tuvieron lugar en la clandestinidad. Baste recordar que campeonatos como la NASCAR, las carreras de stock car, nacidas en la época de la Ley Seca, fruto del trabajo de muchos traficantes para adaptar sus vehículos para el tráfico ilícito de alcohol y mejorar sus habilidades al volante para sortear los controles y escapar de sus perseguidores. Y más cercano a nuestro tiempo, hasta finales de los años 70, Mulholland Drive sobrevivió como uno de los últimos reductos de aquellas carreras callejeras urbanas.

Hubo un tiempo en que Mulholland Drive era un paraíso terrenal para los forajidos de las cuatro ruedas. Desde su creación, el revirado tramo que surcaba las montañas de Santa Mónica, con Los Ángeles y el famoso cartel de Hollywood a sus pies, pretendía convertirse en la carretera más emblemática de los Estados Unidos. Y no es para menos, al paisaje que ya os hemos dibujado podemos sumar las mansiones más espectaculares y costosas de todo el mundo y un sinfín de historias sobre carreras al margen de la ley, a menudo inmortalizadas en la gran pantalla, en películas, en documentales e incluso en algunos de nuestros videojuegos favoritos.

Aparcando un Porsche 911 Carrera RS preparado en el salón

Uno de los pilotos más famosos en Mulholland Drive era Chris Banning, que aparcaba un Carrera RS preparado en el salón.

Hasta finales de los años setenta, Mulholland Drive dejaría sorprendentes historias para la posteridad. Historias de conductores temerarios, de preparaciones brutales – a menudo sobre deportivos europeos – pensadas única y exclusivamente para ser los más rápidos en esta carretera de montaña, historias de pilotos con una mano en el volante y la otra sosteniendo una cerveza. En aquellos años también se idealizaría la figura de pilotos como Chris Banning, que aparcaba en el salón de su casa un Porsche 911 Carrera RS 2.7 con una preparación artesanal que incluía techo rebajado. Dicen que Banning utilizaba el salón de su casa como garaje para evitar que los helicópteros y las patrullas de la policía, que estaban siempre pisando sus talones, lograsen identificar su bólido en el porche.

A Banning no le bastaba con tener en su garaje, o en su salón, el mejor Porsche de calle de la época. Y por eso dicen que buscó los suministros y el asesoramiento de Weisach para ir transformándolo poco a poco con piezas que habían sido diseñadas para deportivos de competición.

Mulholland Drive ha inundado la cultura popular del último medio siglo, pero también ha influido videojuegos, películas y documentales sobre carreras callejeras ilegales.

Eran los años de pilotos como Crazy Charlie Woit, que hacía de las suyas con un Corvette de segunda generación. Basándose en aquellos duelos entre Charlie y Banning surgieron incluso películas, como King of the Mountain (1981). Rescatando el halo, casi místico, de Mulholland Drive, nacería también la película del mismo nombre dirigida por David Lynch, no apta para aquellos que gusten del guión fácil y no relacionada con las carreras callejeras ni con el motor.

Mulholland Drive serviría de inspiración para cualquier videojuego de carreras callejeras que se preciase de serlo, para la saga Need For Speed, también para el famoso GTA. Pero el peligroso juego que practicaban aquellos pilotos distaba mucho de la seguridad que ofrece una videoconsola. Muchas vidas truncadas, muchos accidentes de los que aún quedan decenas de testigos mudos oxidados y abandonados entre la maleza, en las cunetas y los desfiladeros de la carretera, antiguos automóviles accidentados que jamás fueron recuperados y de los que Huffington Post preparó un reportaje fotográfico.

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