El uso del coche privado en las ciudades, ¿devoción o adicción?

Por Daniel Seijo
 |  @CurvedMDZ  | 

Ciudades inteligentes, coches autónomos, cápsulas inteligentes de transporte individual, sistemas centralizados de tráfico. Desde hace casi dos décadas las visiones de la ciudad del futuro anuncian una transformación radical de la movilidad urbana con un sorprendente punto en común: la reducción drástica del uso del coche privado. Urbanistas, arquitectos y sociólogos apuestan por modelos de ciudad más eficientes, y centrados en la persona mientras las innovaciones tecnológicas hacen posible formas de transporte compartido, como el car sharing, impensable hace unos años.

Sin embargo es posible que la principal batalla por la transformación de la movilidad urbana no se libre en las calles de nuestras urbes, sino dentro de nuestras cabezas. En ellas un siglo de automóvil ha dejado huellas culturales tan profundas en nuestro imaginario colectivo que cabe preguntarse ¿es el coche privado una adicción?

Biografías de movilidad y neurociencia: el complejo proceso de elegir en movilidad

En algunas etapas de la vida usamos más el transporte colectivo, en otras queremos o necesitamos usar el privado.

Por mucho que sea una imagen muy seductora en clave de márketing, las grandes elecciones en materia de transporte y movilidad no se hacen por la mañana mientras preparamos el desayuno. Estas decisiones se van tomando lentamente a lo largo de amplios períodos de nuestra vida y bajo la influencia de muchos factores: dónde realizamos los estudios, cuándo y cómo nos emancipamos, nuestro trabajo, la formación de una familia. Puede que en algunas etapas usemos más el transporte colectivo (durante nuestros estudios…) mientras que el coche privado sea nuestra opción preferida en otras (los primeros años de vida de nuestros hijos).

El resultado de esta serie de elecciones a lo largo de una vida es lo que llamamos “Biografía de movilidad”. Hace dos años el estudio de Sirun Beige y Kay Axhausen sobre cómo se desarrollan estos procesos dejaba un interesante dato: en el lapso de edad entre los 20 y los 40 años se forman nuestras principales elecciones “vitales” en materia de movilidad. Pasado el umbral de los 40 (coincidiendo con un periodo que suele caracterizarse por cierta estabilidad en nuestras vidas) los cambios en el medio preferido son muy escasos, y sólo repuntan en el umbral de los 65, cuando la jubilación cambia nuestros hábitos de vida de tal manera que también afecta a nuestro “menú de transporte”.

¿Quiere esto decir que llega un momento en nuestra vida en que “dejamos de elegir” el medio de transporte? En cierta manera sí, ya que pasamos de sopesar las diferentes opciones de forma racional a, sobre todo en el caso del coche privado, convertir el uso en “automático”. Un reciente artículo que aplica el análisis neurocientífico a unas encuestas sobre movilidad realizadas en Estados Unidos analiza la forma en que el “hábito automático” de usar el coche se comporta en nuestro cerebro, con sorprendentes resultados.

El uso del coche privado podría estar al nivel de adicciones físicas según algunos estudios.

En The compulsive habit of cars, Yalatchkov, Naumer y Plyushteva plantean que una vez establecido el hábito de usar el coche privado, esta decisión se traslada desde las zonas del cerebro en las que se gestiona la deliberación compleja hasta otras en las que la respuesta es directa y causal. De elegir entre varias opciones con sus pros y contras, pasamos a la fórmula “desplazamiento = automóvil”.

Según los autores, cuando una elección se desplaza a estas zonas se vuelve muy resistente a cualquier tipo de cambio ya que el cerebro tiende a obviar todos los inconvenientes producto de esa asociación de ideas, por grandes o costosos que sean. Es decir, el cerebro se comporta frente a ese hábito como con una adicción, pasando por alto los efectos negativos que tiene sobre nuestra vida cotidiana como sucede, por ejemplo, con el tabaco.

El embrujo del automóvil

Dicen que “dejar el coche” es casi tan complicado como dejar de fumar.

No es casual que el uso del automóvil privado sea un hábito casi tan complicado de dejar como el tabaco. Ambos son iconos de una sociedad de consumo que a mediados del siglo XX construyó su propia iconografía pagana a partir de conceptos como la autosatisfacción y la imagen que proyectamos al exterior. El cine, la publicidad y los medios de comunicación de masas extendieron por todo el mundo la ilusión del “American way of life” elevando estos artículos de consumo a la categoría de iconos culturales.

El tabaco, como se ha demostrado más tarde, incorpora elementos químicos destinados a crear adicción en nuestro cerebro pero ¿Cómo hace el automóvil para modificar nuestro comportamiento? Mediante una mezcla de diseño y referencias culturales dirigida a la mente del conductor. El automóvil es un elemento diseñado para hacer que el conductor se sienta especial y singular, a diferencia de, por ejemplo, un vagón de metro.

En nuestro coche siempre tenemos un asiento colocado a nuestro gusto, escuchamos nuestra propia música y no la del pasajero de al lado, bajamos la ventanilla si hace calor o ponemos la calefacción si hace frío. El coche es, por así decirlo, una “habitación móvil”, un espacio privado que nos permite llevar nuestra casa hasta el destino donde vayamos. Por eso los fabricantes de coches ponen una especial atención a los sentidos del conductor: todos los elementos donde ponemos las manos (volante, pomos, tiradores…) están cuidadosamente diseñados para tener un tacto reconfortante, el sonido está especialmente afinado e incluso ese característico olor de los coches está calculado por departamentos específicos.

Los fabricantes de coches ponen especial empeño en deleitar a nuestros sentidos.

Frente a esto, el transporte público colectivo ofrece ventajas a gran escala como la sostenibilidad medioambiental, pero no puede competir en satisfacción individual de los sentidos con un coche privado. Escasez de espacio, invasión de la intimidad, despersonalización, incomodidad… multiplicado varias veces si uno tiene dificultades físicas o, simplemente, transporta a un bebé con su carro.

Por eso las marcas de coches ponen un especial énfasis en captar al público más jóven: porque una vez se ha adquirido el hábito del automóvil es muy difícil deshacerse de él para pasar al transporte público salvo que cuestiones de fuerza mayor lo impongan. Las generaciones que vivieron la época dorada del petróleo barato y la “libertad sobre ruedas” han sustentado una “cultura del automóvil” durante más de medio siglo que incluso, llevó al desmantelamiento de redes de transporte público como el tranvía. ¿Sucede eso mismo aún hoy?

La reducción del coche privado no es una cuestión tecnológica, es cultural. Y los cambios culturales no se producen de la noche a la mañana.

En la última década la posesión de coche o carné de conducir entre los más jóvenes se encuentra en un paulatino descenso. En la sociedad de las megaciudades el coche parece haber perdido sus ventajas y encanto frente a los dispositivos como Smartphone o Tablets que en combinación con el transporte colectivo han cambiado la unidad de movilidad del “vehículo” al “viaje”. Tanto en Estados Unidos como en la UE el número de kilómetros viajados por persona y año está estancado y la tasa de coches por cada 1.000 habitantes registra un crecimiento casi nulo desde hace década y media. Parece como si una nueva generación estuviese “dejando el automóvil” como hace años se empezó a “dejar el tabaco”.

Sin embargo el centro del mundo no son Estados Unidos y la UE. Otros países como China o India viven hoy una explosión de la posesión del automóvil privado cuyas tasas por habitante crecen a velocidad astronómica. Ambos países no sólo suman 2.700 millones de habitantes, sino que su influencia cultural en el mundo es creciente. ¿Nos enfrentamos a un repunte de la cultura del automóvil privado en las próximas décadas, impulsado por los países asiáticos? Seguramente no de la misma manera que se vivió en los años 50 del siglo pasado con el dominio estadounidense, pero si probablemente con una dinámica que haga difícil reducir la tasa de coches privados en países desarrollados en la próxima generación.

Este artículo ha aparecido originalmente en la revista Curved, número 1. Curved está disponible en el Quiosco de iTunes o en el Play Store de Android, junto a otras doce revistas creadas por Mediazines.

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