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Opinión

11 MIN

De los ídolos derrocados y de los sucesores de algunos dioses

Humberto Gutiérrez | 1 May 2017
Senna_Schumacher_Prost
Senna_Schumacher_Prost

Por lo regular, cuando un niño se inicia en la práctica del automovilismo, imaginariamente se transforma en su ídolo, tanto en competencia como fuera de ella. Es común escuchar “Yo soy…” o “algún día quiero ser como…” y aunque ese niño nunca haya experimentado el sabor de la victoria, tendrá la convicción de ser tan grande como ese admirado piloto al que idolatra. Pero en realidad son muy pocos los niños que al crecer alcanzan sus objetivos y es porque solo aquellos que anhelan con auténtica convicción se convierten en lo que más desean. Los modelos a imitar permanecen allí, hasta que la concentración, el trabajo, el desarrollo y la constancia los alcanzan e incluso los superan. Así como Ayrton Senna idolatró a Emerson Fittipaldi y a Juan Manuel Fangio, Michael Schumacher utilizó la imagen de Senna para motivarse, situación que se repite con los mejores pilotos de la última década, con la salvedad de que Lewis Hamilton adoptó a Senna como su modelo a seguir y Sebastian Vettel lo hizo con Schumacher.

Sin duda alguna, el Alfa y el Omega de la idolatría en el automovilismo seguirá siendo Juan Manuel Fangio ya que los cinco títulos alcanzados por el argentino representaron una obsesión para varias generaciones de pilotos. De su legado derivan las inquietudes y los desvelos de muchos que crecieron bajo la fascinación de sus hazañas. Es de acotar que al no existir la televisión, la radio y la prensa hicieron soñar al público al transmitir las gestas de un héroe que posteriormente se convirtió en un ídolo de juventudes. Graham Hill, Jack Brabham, Jim Clark, Jackie Stewart, Emerson Fittipaldi y Niki Lauda signaron dos décadas, en tanto la siguiente generación liderada por Alain Prost, Ayrton Senna, Nelson Piquet y Nigel Mansell, simbolizó la Fórmula 1 en los años ochenta y principios de los noventa. Todos ellos, de alguna manera, permanecieron marcados con lo que Fangio representó porque habían vivido la época o mantenido contacto con fanáticos del mito argentino desde muy pequeños.

Tan grande resultó el impacto que causó el legado de Juan Manuel Fangio que aún para su deceso, 17 de julio de 1995, todavía estaba vigente la barrera mental de alcanzar cinco cetros, o ganar títulos con cuatro escuderías distintas, indicio de que por años resultó una tarea titánica e infructuosa para grandes pilotos, que a su vez pasaron a ser modelos a seguir, pero, a diferencia de generaciones anteriores, los niños y jóvenes nacidos a partir de la década de los sesenta sí pudieron observar las hazañas de sus héroes a través de la televisión, situación que popularizó el culto a los que para entonces eran los pilotos más exitosos y admirados.

Fangio dejó para la posteridad muchos registros que aún se mantienen, pero más allá de las estadísticas, su legado ha servido para diferenciar al genio del profesional. Fangio, el factor humano, siempre fue más importante que el coche que pilotaba, por ello llegó a ser el más grande de todos, sin importar su edad, las temporadas en activo o que tuviera en sus manos el volante de un Alfa Romeo, Ferrari, Maserati o Mercedes. Para Fangio no existían los cálculos ni las estadísticas, solo la distancia que debía recorrer ya que siempre pilotaba para ganar. Esa característica, el arquetipo de superioridad, también definió a Ayrton Senna, quien demostró ser competitivo más allá de la mecánica que tuviera a su disposición. Durante toda su carrera, el brasileño siempre intentó mejorar hasta superar sus propios límites a través de un único pilotaje agresivo, sin mayor dosificación de recursos, que desde un principio impresionó al público, sobre todo a los jóvenes, quienes observaron en Senna a alguien que daba el todo desde la clasificación hasta el banderazo a cuadros. Cada vuelta al circuito era otra oportunidad de batir el récord y además en lluvia marcaba una mayor diferencia con respecto a sus rivales, era rápido hasta bordear la imprudencia.

Involucrar la religión, el arte y el competir como si se tratara de una afrenta nacional también distinguieron al brasileño pero en su caso, a diferencia de la época Fangio, Senna y sus hazañas se elevaron hasta transformarse en fenómenos mediáticos, la televisión permitió observar a un virtuoso y carismático piloto; una imagen romántica que caló en el público porque era la respuesta, el antagonista que requerían para sacudir a los modelos fríos y calculadores que, como Niki Lauda, Alain Prost o Nelson Piquet, se habían instaurado en la Fórmula 1. La categoría con más seguidores en el mundo se había transformado en una escuela y los más jóvenes adoptaron las imágenes que ofrecían sus maestros.

Lewis Hamilton nació en 1985 así que cuando tuvo uso de razón, seguramente Ayrton Senna estaba en la cima de la Fórmula 1, era el referente a batir si de acumular poles se trataba y además exhibía una personalidad tan particular y mística que le diferenciaba radicalmente de su gran rival Alain Prost. Es lógico pensar entonces que el niño Lewis Hamilton quedó impresionado al observar su primera carrera de Fórmula 1, la cual seguramente ganó Senna al volante de un McLaren. Hamilton trasladó esa idolatría por el brasileño hasta el karting, el detalle de su casco es más que evidente. Para Hamilton, Senna fue su inspiración durante su etapa de formación ya que además de tenerlo presente cuando corría, siempre repasaba sus vídeos para aprender y motivarse.

Cuenta una anécdota que en 1995, un niño de 10 años llamado Carl Lewis Hamilton, proclamado campeón británico de karting, se acercó hasta Ron Dennis y le manifestó su intención de pertenecer a McLaren para reemplazar a Ayrton Senna, quien había fallecido un año antes. Trazarse la meta de emular al brasileño seguramente se consideró una inocentada de aquel chiquillo. Sin embargo, algunos años más tarde, ese mismo Lewis Hamilton, a pesar de tener grandes contras en sus aspiraciones, prejuicios raciales y falta de recursos por delante, confirmó que todo campeón inicia con una imperturbable mentalidad ganadora. La visualización de cómo se imaginó en un futuro fue determinante para mantener todas las metas al alcance, por muy atrevidas que fueron desde su concepción.

Como sucede en estos casos, las comparaciones entre uno y otro suelen resultar, en una primera impresión, una herejía. Cuando Lewis Hamilton llegó a la Fórmula 1 y declaró que se inspiraba en Ayrton Senna y aspiraba ser como él, de inmediato se originó un rechazo hacia sus anhelos porque para los que vivieron la época Senna jamás existirá otro piloto con semejantes habilidades, aunque para 2007 ya Michael Schumacher había echado por tierra muchos registros históricos. No obstante, en apenas unos meses, Hamilton silenció unas cuantas voces agoreras y, a diez años de su debut, ya está a dos poles de alcanzar a Senna, a quien iguala en títulos, y marcha segundo en victorias por detrás de Schumacher. Salvo los seis triunfos en el Gran Premio de Mónaco, todas las marcas personales de Ayrton Senna estarían por ceder a manos del inglés, así que su visualización todavía permanece enfocada y está a tiempo de seguir sumando números a su estadística personal. Sin embargo, hay un detalle y es que cuando se trazan metas tal vez no se piense en llegar más allá del camino estipulado, para evitar reciclar experiencias en la consecución de un logro diferente al que se pensó originalmente.

Hamilton idealizó a Ayrton Senna, así que es probable que en su mente permanezca una representación mental del piloto brasileño, seguramente asociada a su época de mayor esplendor. Al no poder competir contra él se construyó una imagen de inaccesibilidad, tal como ocurrió con aquellos que veneraron a Juan Manuel Fangio. Sin embargo, una situación muy diferente sucedió con Michael Schumacher, quien sí pudo competir contra los grandes pilotos de la época e inclusive se dio el lujo de batirse con ellos en las pistas. Confesó Schumacher, a sus 15 años, tras conquistar el campeonato alemán de karting, que también era fanático de Ayrton Senna y quiso el destino que su temporada de debut en la Fórmula 1 fuera la misma en la que el brasileño alcanzó su último título. Schumacher tuvo la dicha de enfrentar a los dioses de su Olimpo particular y más que eso, erigirse como el antagonista de Senna cuando Nelson Piquet, Alain Prost y Nigel Mansell salieron de la escena.

Al no estar expuesto al efecto Fangio y confrontar directamente a quienes sí lo estuvieron, al parecer permitió que el alemán no fuera afectado en gran medida por la barrera mental de la admiración por los cinco títulos y de toda el aura cuasi celestial que envolvió a los protagonistas de la década de los 80. Schumacher vivió el presente y le sacó provecho a todo lo que sucedió tras la muerte de Senna. En él no hubo espacios para debilidades ni sentimentalismos, estaba obsesionado por los triunfos y por los reconocimientos, cada campeonato resultaba en una nueva aventura y no en una apática rutina. El éxito siempre estuvo en su mente y se creyó el más grande cuando confirmó que todos sus fetiches podían ser derrotados.

Schumacher marcó otra época en la Fórmula 1, no obstante, aunque sus estadísticas personales resultan de lo más impresionantes, carece de la veneración de la que sí disfrutaron Juan Manuel Fangio y Ayrton Senna. Llegó a marcar un hito en Alemania al ser el primer campeón de esa nacionalidad y se transformó en todo un suceso a nivel mundial en cuanto a establecerse en áreas comerciales y políticas. Pero es también por la constante exposición mediática que salieron a relucir muchos elementos que aseguraron su predominio como el uso febril de la tecnología, los ingenieros asumieron buena parte del control al configurar el coche según cada sector del circuito, en una Fórmula 1 diseñada a su medida para que brillara y asumiera el liderazgo de la generación post-Senna. Pero también los medios expusieron su criticable reincidencia en las maniobras antideportivas para conseguir sus metas. Con todo y sus tropiezos, Schumacher debe ser considerado un grande debido a su innegable aporte a la Fórmula 1 moderna.

Ha querido el destino que en apenas una década, dos pilotos se aproximen a los registros de Michael Schumacher, quien participó en 19 temporadas, y uno de ellos justamente haya experimentado la vivencia de poder derrotar a su ídolo en carrera, lo que incidió en revertir el efecto del bloqueo psicológico. Sebastian Vettel era un niño cuando la época del dominio Schumacher, pero en 2010 pudieron competir en un mismo campeonato y el joven alemán se alzó con la corona. Ya en 2008 y en 2009, Vettel había logrado victorias con escuderías de segunda, lo que era un aviso de lo que podía realizar, e interesante además resulta el hecho de que en pista ha tenido un antagonista que también está acostumbrado a las hazañas y desafíos, ya que Lewis Hamilton, en apenas cuatro años, saltó del título de la Fórmula 3 hasta el título de la Fórmula 1.

Hace algún tiempo, escribí que tanto Hamilton como Vettel competirían por alcanzar y superar los siete títulos porque más allá de la proyección que llevan a estas alturas de sus respectivas trayectorias, ambos sostienen un duelo particular para determinar quién se quedará en la cima absoluta. Pero en este punto, es interesante acotar que no se advierte un efecto Schumacher, es decir, así como el legado de Fangio fue respetado y honrado por varias generaciones, lo realizado por el alemán parece que no tendrá la trascendencia temporal que se creía cuando se instauró ya que Hamilton y Vettel, en teoría, ahora es cuando transitan por la mitad de sus carreras.

Las estadísticas resultan importantes para dejar huellas, pero quienes observan no se detienen a sacar cuentas sino que se deleitan con lo que sucede, miran con ojos de niños buscando la fantasía, el rebase imposible, la determinación por la victoria, eso es lo que pervive en las memorias. Con Hamilton y su fijación por Senna, o con Vettel y su admiración por Schumacher, parece que la vida misma se nos muestra en la Fórmula 1 para impartir una lección de esas que por muy dura que parezca se debería asimilar. Los ídolos permanecen inalcanzables en la mente de quienes no los intentan derrotar. Vettel y Hamilton forjaron sus ídolos a partir de una imagen ganadora, pero los grandes, los genios deben brillar con luz propia y no a la sombra de los demás. Así como sucedió con Schumacher, cuando advirtió que Senna era humano, Vettel tuvo la oportunidad de confirmar que el invencible ideal que se forjó cuando pequeño no era tal en la realidad. Schumacher concedió la oportunidad de exponerse vulnerable ante ambos y fue derrotado. Este año Hamilton y Vettel continúan su avance para sumar otro título a sus trayectorias y con seguridad están siendo idolatrados por la mayoría de los niños del mundo, probablemente alguno ya se ha planteando seriamente ser más grande que ellos.