Llenar el depósito se ha convertido otra vez en un auténtico dolor. Con la gasolina y el gasóleo por las nubes, empiezan a plantearse el salto al coche eléctrico, atraídos por un coste de uso muy inferior. La diferencia puede ser enorme: hacer 100 kilómetros con gasolina 95 o con diésel sale entre 4 y 5 veces más caro que con un eléctrico que se carga en casa. El problema es que, justo cuando España necesita electrificar el transporte, la industria y los hogares, el sistema que debe suministrar toda esa energía ofrece síntomas de debilidad cada vez más preocupantes.
El sistema eléctrico juega al límite de otro gran apagón
No se trata solo de que falten cargadores. El problema está varios escalones por encima: en la estabilidad del sistema eléctrico y en la capacidad de las redes de transporte y distribución para llevar la energía desde donde se produce hasta donde se necesita. España tiene mucha potencia instalada y genera más electricidad renovable que nunca. Sin embargo, producir muchos megavatios-hora no sirve de demasiado si las líneas están congestionadas, las subestaciones no admiten nuevas conexiones y los operadores necesitan tomar medidas extraordinarias para mantener el equilibrio entre generación y consumo.
El apagón del 28 de abril de 2025 fue la demostración más extrema de esa fragilidad. El informe europeo posterior identificó oscilaciones, deficiencias en el control de tensión y potencia reactiva, reducciones rápidas de producción y desconexiones en cascada. Más de un año después, el sistema continúa atravesando episodios en los que Red Eléctrica tiene que recurrir a mecanismos extraordinarios de seguridad para evitar que un desajuste puntual se convierta en un problema mayor.
En enero de 2026 fue necesario activar el Servicio de Respuesta Activa de la Demanda. En julio volvió a utilizarse por partida doble: Red Eléctrica pidió a grandes consumidores industriales, dos veces en una semana, que redujeran su consumo, después de registrarse una demanda mayor de la esperada y una producción de electricidad eólica por debajo de lo previsto.
El mecanismo funcionó y el suministro general no llegó a verse comprometido. Precisamente para eso existe, pero es imposible defender que todo funciona con normalidad cuando la gran industria debe actuar repetidamente, incluso en la misma semana, como fusible. Cada activación evita que el sistema se acerque más al desequilibrio, pero cada nueva activación demuestra también que el colchón disponible es demasiado pequeño.
El 85% de las subestaciones están completamente saturadas
Hay quien rechaza hablar de «colapso» porque la red sigue funcionando y se han detectado los riesgos antes de que lleguen a ocurrir (salvo el apagón de 2025). Puede ser cierto, pero desde luego no es tranquilizador. Incluso quienes niegan el colapso admiten que puede producirse un bloqueo práctico en determinados puntos y que la conexión simultánea de grandes demandas mediante electrónica de potencia introduce nuevos riesgos ante perturbaciones de tensión. España tiene actualmente una red que funciona muy cerca de sus límites y que está impidiendo desarrollar la economía, el establecimiento de nuevas empresas e incluso la puesta en marcha de nuevas viviendas.
Según las últimas mediciones, entre el 83% y el 88% de nudos o subestaciones tienen capacidad nula o muy reducida para admitir nueva demanda, según el momento y el criterio utilizado. El análisis del Foro Industria y Energía y Opina 360 contabilizaba 5.235 subestaciones completamente saturadas a finales de 2025, de un total de 6.108. En solo dos meses, la capacidad disponible se había reducido en unos 2,8 GW.
Que un nudo esté saturado no significa necesariamente que vaya a apagarse mañana. Significa que no se puede conectar una nueva fábrica o una ampliación, un centro de datos, una nueva promoción residencial o una estación de recarga rápida sin reforzar antes las infraestructuras. Según el análisis mencionado antes, en ocho provincias no hay capacidad disponible en ninguna de las subestaciones estudiadas. País Vasco, Navarra y La Rioja rozaban una saturación total.
Un estudio de BBVA Research estima que más de 80.000 viviendas previstas dependen de la construcción de nuevas infraestructuras eléctricas. Son viviendas para las cuales hay mucha demanda, para las cuales hay financiación disponible… Pero que no se pueden conectar al sistema eléctrico.
Nos falta energía, pero tiramos energía diariamente
La situación resulta todavía más paradójica porque, al mismo tiempo que faltan conexiones, España está desperdiciando energía. Mucha energía. En julio de 2026, más del 9,5% de la electricidad renovable disponible no pudo integrarse a la red, el peor dato del año. En mayo ya se había desaprovechado alrededor del 7%.
Una parte se debe a congestiones y falta de capacidad en las líneas; otra parte, a necesidades de balance y seguridad. En cualquier caso, se da la circunstancia de que hay proyectos que no pueden conseguir electricidad mientras, al mismo tiempo, parques solares y eólicos reciben la orden de reducir su producción porque el sistema no puede absorberla o transportarla.
En condiciones óptimas, o normales, deberíamos tener una energía baratísima. Pero según los datos de Facua, el recibo de julio de 2026 para su usuario medio en PVPC alcanzó 93,65 euros, un 15,3% más que un año antes y el segundo julio más caro de la serie, solo por detrás de 2022. España consigue tener demasiada electricidad en unas horas, demasiado poca generación disponible en otras y un sistema caro de equilibrar durante las transiciones entre ambas.
El coche eléctrico no es el problema, pero sí es un problema para el coche eléctrico
Este es el sistema al que queremos incorporar millones de coches eléctricos. El vehículo eléctrico no ha provocado este problema y sigue siendo una alternativa mucho más eficiente que quemar gasolina, además de mucho más barata para el usuario. Pero su despliegue masivo depende de una infraestructura débil que hoy tiene enormes dificultades para conectar nuevas estaciones de recarga, nuevas promociones de viviendas con cargadores incorporados en el garaje y más demanda industrial.
Para un conductor con vivienda unifamiliar, la mejor protección es instalar placas solares, un cargador inteligente y, si el presupuesto lo permite, una batería de respaldo. Así puede producir parte de la energía del coche, reducir su exposición al precio del mercado y cargar en las horas de máxima generación. Las placas por sí solas, conectadas de la forma habitual, no mantienen la casa encendida durante un apagón; para eso hace falta almacenamiento y un sistema preparado para funcionar aislado de la red.
Esa solución puede proteger a una familia, pero no arregla el problema del país. No ayuda a quien aparca en la calle, no libera una subestación saturada, ni alimenta una fábrica y no transporta los excedentes solares desde una región productora hasta una ciudad con alta demanda. España necesita reforzar líneas y subestaciones, acelerar la planificación, desplegar almacenamiento, mejorar el control de tensión, ampliar las interconexiones y remunerar la flexibilidad que mantiene estable el sistema.
El coche eléctrico puede ser una respuesta al precio de la gasolina, pero España necesita urgentemente modernizar el sistema que debe alimentarlo.












