Hoy en día, llamamos autocaravana a cualquier furgoneta con una cama, un camping-gas y dos pegatinas de montañas. Pero hace más de 70 años, Louie Mattar construyó la autocaravana definitiva. Una propuesta disparatada para la época: un Cadillac diseñado para recorrer Estados Unidos de costa a costa y regresar… sin detenerse un solo instante. Ni para repostar, ni para cambiar una rueda, ni para comer o dormir, o ni siquiera para ir al baño. Hablamos de no parar para absolutamente nada. ¿Cómo demonios lo hicieron?
El «fabuloso coche de Louie Mattar»
La base de este artefacto era un Cadillac Fleetwood de 1947. Mattar, ingeniero, inventor y propietario de un taller en San Diego (California, EE.UU.), dedicó años y 75.000 dólares de la época – cerca de un millón de dólares actuales – a transformarlo en una mezcla de coche, vivienda y experimento con ruedas. El resultado fue conocido popularmente, sin demasiadas complicaciones creativas, como «Louie Mattar’s Fabulous Car».
Las modificaciones del coche no buscaban hacerlo más rápido, más lujoso o más espectacular. Eran pura función sobre forma y respondían a un único objetivo: eliminar cualquier motivo por el que el coche tuviera que detenerse. El coche debía mantener vivos, alimentados y limpios a sus ocupantes, así como en perfecto estado mecánico. Y para ello, implementó una serie de soluciones
Un Cadillac convertido en una casa rodante
Su interior tenía todo lo necesario para vivir en marcha: cocina eléctrica, frigorífico, lavadora eléctrica, fregadero, botiquín, tabla de planchar y un inodoro químico. También había un «teléfono móvil», grabadora, un dispensador de bebidas (incluyendo whisky, por supuesto), una cachimba y un sistema de megafonía con altavoces en el capó y el remolque. En el estribo derecho incluso escondía una ducha. El agua caliente no requería caldera o calentador: circulaba por unas tuberías alrededor de los colectores de escape y aprovechaba el calor del motor.
Fotos del Cadillac de Louie Mattar
Junto a uno de los pilotos traseros había una fuente para beber en movimiento. El propio coche almacenaba nada menos que 50 galones de agua (unos 190 litros). Pero los verdaderos prodigios estaban bajo la carrocería y en el enorme remolque. El remolque transportaba cerca de 900 litros de gasolina, unos 60 litros de aceite y más de 100 litros de agua. Un complejo sistema hidráulico permitía al coche rellenar automáticamente el radiador, renovar el aceite de su motor e inflar los neumáticos mientras giraban gracias a un compresor de a bordo.
Pero lo más espectacular y llamativo era que podía cambiar ruedas sin detenerse. Unos gatos hidráulicos levantaban el coche y una plataforma móvil permitía trabajar junto a él mientras continuaba avanzando. El capó tenía paneles transparentes para conservar la visibilidad cuando se abría en marcha y había que meter mano a la mecánica. Aunque no lo pareciese, debajo de toda aquella fontanería e infinidad de complejidad, seguía trabajando el motor de serie del Cadillac, un sencillo V8 de carburación.
10.171 kilómetros sin detenerse
En septiembre de 1952, el propio Louie Mattar y otros dos conductores salieron de San Diego rumbo a Nueva York. Se turnaron al volante cada cinco horas y, una semana después, regresaron al punto de partida tras recorrer 6.320 millas (10.171 kilómetros) sin detener el Cadillac. Tuvieron que repostar tres veces, y lo hacían al estilo de los aviones militares: desde camiones cisterna que circulaban junto a ellos en aeródromos, previa coordinación con la policía. La policía, por cierto, les escoltaba a través de pueblos y ciudades para evitar detenerse.
Comer, dormir, asearse y cambiar de conductor eran tareas que también debían resolverse en movimiento. Como anécdota, pasar tanto tiempos sentados les pasó factura: acabaron teniendo que pedir cajas de laxante para poder hacer sus necesidades. La aventura no terminó ahí. En 1954 el coche completó otra larguísima expedición desde Anchorage, en Alaska, hasta Ciudad de México. Poco más de 12.000 km en sólamente ocho días. Hoy día, su Cadillac se conserva junto a su remolque en el San Diego Automotive Museum.
Este coche es un monumento a una época en la que un mecánico con imaginación podía invertir años de su vida en resolver un problema que nadie tenía, y terminar creando uno de los coches más fascinantes de la historia. ¿Por qué? Más bien, ¿por qué no?
Fotos del Cadillac de Louie Mattar








